Ir al contenido principal
Carla Barros Sánchez
septiembre 9, 2026

EL ERROR TAMBIÉN TIENE CABIDA

Tiempo de lectura: 4 minutos

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología.

Desde pequeños aprendemos muchas cosas. Aprendemos a hablar, a leer, a relacionarnos, a cruzar la calle, a comportarnos en determinados lugares… y, casi sin darnos cuenta, también aprendemos algo que puede acompañarnos durante buena parte de nuestra vida: que equivocarse está mal.

“Ten cuidado”, “hazlo bien”, “¿cómo has podido equivocarte en algo tan sencillo?”, “te lo dije…”, “hay que aprender de los errores”…

Puede que estas frases te resuenen y, en muchos casos, nacen de una buena intención. Parece que nos acompaña la necesidad de proteger a los más pequeños de las consecuencias de sus decisiones, evitarles sufrimiento y enseñarles a hacer las cosas “correctamente”. Sin embargo, cuando el mensaje que reciben una y otra vez es que equivocarse es algo que debemos evitar a toda costa, podemos terminar aprendiendo algo mucho más profundo: que cometer un error dice algo malo de nosotros. Y puede que aquí empiece el problema. Porque una cosa es haber cometido un error y otra muy distinta es sentir que somos un error; pues, el error, no es una identidad.

Imaginemos a una persona que llega tarde a una entrevista de trabajo. Puede pensar: “He gestionado mal el tiempo y debería haber salido antes”. Eso es asumir un error, pero también puede pensar: “Soy un desastre. Siempre hago todo mal. Seguro que piensan que no valgo para este trabajo”. En este segundo caso, el acontecimiento ya no es simplemente llegar tarde. Se ha convertido en un juicio sobre la propia persona.

Esta diferencia puede parecer insignificante, pero si nos detenemos a observar el impacto de los ojos con los que nos miramos, es enorme. Así que llegados a este punto, necesito hacerte(me) algunos recordatorios: Hacer algo mal no significa ser una persona que hace todo mal, suspender un examen no significa ser incapaz, equivocarnos con alguien no nos convierte en una mala persona o tomar una decisión que después descubrimos que no era la mejor no significa que seamos malos tomando decisiones.

Somos mucho más que nuestros aciertos y nuestros errores. Sin embargo, son muchas las personas que muestran una dificultad importante para tolerar equivocarse. Algunas necesitan revisar constantemente lo que hacen, otras posponen decisiones por miedo a no acertar, hay quien se exige niveles de perfección imposibles, y detrás de comportamientos aparentemente diferentes suele aparecer un mismo temor: “¿qué pasará si me equivoco?”

No podemos obviar nuestro contexto, y en este no siempre se facilita una relación saludable con el error. Desde el colegio aprendemos a través de notas, resultados, evaluaciones y comparaciones. Más adelante aparecen los currículums, los objetivos profesionales, las expectativas familiares, las redes sociales y esa sensación, a veces silenciosa, de que los demás parecen avanzar por la vida con mucha más seguridad que nosotros.

Puede que veamos el resultado de los demás, pero rara vez se nos hace partícipes de todos sus intentos anteriores, de su proceso. Tal vez nos encontremos con que alguien comparte que se ha mudado, ha emprendido un proyecto o ha tomado una decisión importante. Vemos el “después”, pero no necesariamente las dudas, los cambios de opinión y los pasos en falso que hubo por el camino.

Y esto puede alimentar una idea engañosa: que las personas que tienen éxito son aquellas que saben exactamente qué hacer y apenas se equivocan. Sin embargo, la realidad suele ser bastante diferente.

La vida no funciona como un examen en el que existe una respuesta correcta que podemos conocer de antemano. Muchas de las decisiones importantes como qué estudiar, con quién compartir nuestra vida, qué trabajo aceptar, cuándo cambiar de rumbo, qué proyecto iniciar, se toman con información incompleta. A veces acertamos, a veces no. Y muchas veces solo descubrimos qué decisión era adecuada después de haberla tomado.

Entonces, ¿y si cambiamos el enfoque?, ¿y si equivocarnos formara parte del camino? Quizá necesitamos cambiar ligeramente nuestra relación con el error. No se trata de buscarlo ni de cometer errores deliberadamente, y tampoco de justificar cualquier conducta ni dejar de esforzarnos. Hay errores que tienen consecuencias importantes y de los que debemos responsabilizarnos pidiendo disculpas, reparando un daño, cambiando una conducta y/o aceptando las consecuencias. Todo ello también forma parte de una relación saludable con el error.

Pero responsabilizarnos no es lo mismo que castigarnos. Podemos decir: “esto que hice no estuvo bien y quiero hacerlo de otra manera”, sin necesidad de añadir: “y por haberlo hecho, soy una persona horrible”. Esta distinción permite algo fundamental, aprender sin destruir nuestra autoestima por el camino.

Pensemos en un niño que está aprendiendo a montar en bicicleta. Cuando este niño se cae, nadie razonable esperaría que concluyera: “no sirvo para montar en bicicleta y nunca aprenderé”. Lo normal sería ayudarle a levantarse, comprobar que está bien, quizá explicarle qué puede hacer de otra manera y animarle a volver a intentarlo. ¿Por qué parece mucho más fácil ofrecer esa comprensión y compasión a un niño que a nosotros mismos?

Una de las formas más útiles de relacionarnos con el error es entenderlo como información. Una estudiante que suspende un examen puede descubrir que estudiar la noche anterior no le permite rendir como necesita, una persona que acepta demasiadas responsabilidades puede darse cuenta de que necesita aprender a decir “no”, alguien que mantiene durante años un trabajo que le genera malestar puede comenzar a preguntarse qué necesita realmente de su vida profesional.

Es verdad que el error no siempre nos trae una respuesta inmediata, pero puede abrir una pregunta. Y las preguntas, en muchas ocasiones, son las que nos permiten avanzar.

En cualquier caso, nuestro futuro no queda definido por el error que cometimos ayer. Un error es un acontecimiento dentro de una historia mucho más larga. Tal vez se trata de hablar de otra manera sobre ello y hacernos preguntas como qué quiero hacer a partir de ahora. Esta cuestión nos puede devolver al presente y, sobre todo, al futuro. Podemos quedarnos durante mucho tiempo mirando hacia atrás y preguntándonos qué habría pasado si hubiéramos elegido otra opción. Pero la vida continúa sucediendo delante de nosotros. El error ya forma parte de nuestra historia. Lo que hagamos con él todavía está por escribir.

Nuestra vida no se construye únicamente con los aciertos,

también se construye con los intentos,

con los cambios de rumbo,

con las veces que tuvimos que empezar de nuevo

y también con los errores.

Carla Barros Sánchez, psicóloga sanitaria en PSICARA