CUANDO EL CUERPO HABLA LO QUE LA MENTE NO SE PERMITE ESCUCHAR: EL PRECIO DE LA EXIGENCIA

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología.
Hay personas que duermen ocho horas, hacen deporte, llevan una vida “normal”… y, sin embargo, viven cansadas. No es un cansancio puntual, sino uno que se instala. Persistente. Difícil de explicar.
Y entonces empieza la búsqueda: quizás es falta de vitaminas, quizás el trabajo, quizás el estrés…pero hay algo que rara vez se contempla con honestidad: ¿y si el cuerpo no está fallando… sino avisando?
Vivimos en una cultura donde parar no es una opción real. No porque físicamente no se pueda, sino porque psicológicamente no nos lo permitimos. Hay siempre algo pendiente, algo que mejorar, algo que resolver. La necesidad de ser productivos, de encontrar nuestra “mejor versión”, de aprovechar el tiempo… la mente no descansa, solo cambia de tarea. Y en ese ritmo constante, el cuerpo empieza a hacer lo que la mente evita: frenar.
Ahí es donde empieza el cansancio, el tic en el ojo, las contracturas, el dolor de cabeza, el insomnio, la ansiedad “sin razón”, el no ser capaz de ver una serie tranquilamente porque “debería estar haciendo no se qué”. El problema es que estos síntomas no los reconocemos como una señal de nuestro cuerpo avisándonos de parar, si no como debilidad, pereza, falta de energía que hay que “arreglar” para seguir funcionando.
Pero ese cansancio, en muchos casos, no es el problema. Es el mensaje.
Y aquí es donde una metáfora sencilla lo explica muy bien: la batería del móvil.
Sabemos perfectamente cómo funciona. Si usamos el móvil todo el día, necesitamos cargarlo. Y no basta con conectarlo diez minutos antes de salir de casa. Sí, subirá al 20%, pero todos sabemos que con eso no aguantará el ritmo del día. En algún momento se apagará.
Con nosotros pasa lo mismo.
Intentamos compensar un desgaste constante con pequeños “parches”: un rato en el sofá, una serie, mirar el móvil, dormir un poco más el fin de semana…son como esos diez minutos de carga. Ayudan, pero no son suficientes para sostener el nivel de exigencia y sobreproductividad al que nos sometemos.
Y, aun así, seguimos pidiéndonos lo mismo.
Cuanto más cansados estamos, más nos exigimos. Más café, más presión, más culpa por no rendir “como deberíamos”. Como si apretando más el botón del móvil fuese a recuperar batería.
Pero el cuerpo no funciona así.
El cuerpo no negocia. Cuando el nivel de activación es demasiado alto durante demasiado tiempo, te avisa de que tienes que frenar. Y si no frenas, frena por ti. Porque es la única forma que tiene de protegerte.
Quizás lo que necesitamos no es solo dormir esos diez minutos más, o sentarme en el sofá a ver una serie, sino parar y observar a dónde queremos llegar con las exigencias que nos estamos marcando.
Porque la pregunta no es solo cuánto haces…sino desde dónde lo haces. ¿De verdad quieres todo lo que te estás exigiendo? ¿o estás intentando cumplir con una idea de cómo deberías ser o cómo debería ser tu vida?
Aprender a parar también es aprender a cuestionar. A revisar de dónde viene esa necesidad constante de hacer más, de rendir más, de no fallar. Y a aceptar que, a veces, cuidarte significa hacer menos.
Porque, al final, el cansancio y los síntomas físicos del día a día no son un fallo de nuestro cuerpo, sino la forma que tiene de hablar cuando tú no paras a escucharlo.
Andrea Soriano Villarroya, psicóloga de PSICARA