LA HISTORIA QUE TE CUENTAS: NARRATIVA INTERNA

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología.
Si alguien pudiera escuchar durante un día entero todo lo que nos decimos por dentro, probablemente entendería mucho mejor cómo vivimos el mundo, que simplemente observando solo lo que nos ocurre. La verdad es que no reaccionamos únicamente a los hechos “objetivos”, sino a la historia que construimos sobre ellos. A esa historia la llamaremos, de aquí en adelante, narrativa interna.
La narrativa es el hilo invisible que conecta nuestras experiencias. No es una mentira ni una verdad absoluta: es una interpretación. Es el “qué significa esto para mí”. Y lo interesante es que, sin darnos cuenta, vamos escribiendo esa historia de forma automática, como si tuviéramos un narrador interno que no descansa.
Ese narrador utiliza el discurso interno, es decir, el lenguaje con el que nos hablamos. No siempre es en forma de frases completas, a veces son sensaciones, imágenes o palabras sueltas. Pero en conjunto, construyen una especie de voz que comenta lo que hacemos, lo que sentimos y lo que creemos ser.
Imagina que llegas a una quedada y alguien no te saluda. Si intentamos ser objetivos, la descripción de esto sonaría tal que así: “no hubo un saludo”. Pero la interpretación puede variar enormemente: “le caigo mal”, “está enfadado conmigo”, “no le importo” o, de tener un discurso interno más amable, puede que lleguemos a otras hipótesis como “quizá no me ha visto” o “estaba distraído”. El evento es el mismo, sin embargo, la narrativa puede cambiar la emoción que nos visita después.
Podríamos decir que la mente funciona como un guionista que busca ser rápido y eficiente. Ante cualquier situación, escribe un pequeño guión que explica lo que está pasando. El problema es que ese guionista trabaja con información incompleta y, además, suele basarse en experiencias pasadas. Si en el pasado hemos sentido rechazo, por ejemplo, es más probable que nuestro guión actual incluya esa misma herida.
Aquí entra en juego otro elemento clave: la coherencia interna. Nuestra mente prefiere historias que encajen con el esquema de creencias que hemos ido construyendo a lo largo de nuestra vida, y esto incluye las creencias que hemos ido generando sobre nosotros mismos. Si alguien se percibe como “insuficiente”, tenderá a interpretar los errores como pruebas de esa creencia.
Pongamos otro ejemplo para verlo más detenidamente. Imagina que haces una presentación y cometes un fallo. Si tu narrativa interna es exigente, puede que el discurso interno diga algo así como “siempre lo arruino”, “soy un desastre”. Ese mismo fallo, visto desde otra narrativa, más compasiva, podría interpretarse como “ha sido un error puntual” o “puedo mejorar esto para la próxima vez”. La diferencia no está en el hecho, sino en el significado que le damos.
Esto tampoco quiere decir que podamos elegir cualquier historia en cualquier momento; permíteme que ajuste un poco las expectativas. Las narrativas se construyen con el tiempo, a partir de experiencias, aprendizajes y contextos. Aún así, podemos empezar a observarlas, y ese es un punto de inflexión importante: pasar de estar dentro de la historia a poder verla con cierta perspectiva. Desde esta observación también podemos empezar a tomar conciencia.
Imaginemos la narrativa interna como unas gafas que llevas puestas. No vemos el mundo “tal cual es”, sino a través de sus cristales. Cuando no somos conscientes de las gafas, creemos que lo que vemos es la realidad objetiva y absoluta. Sin embargo, cuando empezamos a notarlas, aparece la posibilidad de cuestionarlas.
El discurso interno, el lenguaje que utilizas para hablarte, juega un papel central en este proceso. No es lo mismo decirse “esto es difícil” que “esto es imposible”. Tampoco es lo mismo “me ha salido mal” que “soy un desastre”. El lenguaje no solo describe la experiencia, también la puede moldear. Actúa como un amplificador o un modulador de lo que sentimos.
A veces, nuestro discurso interno se vuelve automático y repetitivo, como una canción que suena en bucle. Puede estar cargado de crítica, de exigencia o de anticipación un tanto catastrofista. Y lo curioso es que, con el tiempo, acabamos dejando de cuestionarlo. Lo damos por hecho, como si fuera una verdad incuestionable: “esto es así”. Pero el hecho de que algo suene familiar no lo convierte en cierto. Aquí es donde entra la interpretación: no solo se trata de reaccionar, sino también implica dar un significado a la experiencia de forma más consciente. Es preguntarse “¿hay otra manera de ver esto?”, “¿estoy sacando conclusiones con poca información?”, “¿estoy confundiendo un hecho con una suposición?”.
De hecho, un ejercicio que puede resultar muy útil es separar el hecho de la interpretación. Volviendo al ejemplo de la quedada, el hecho sería “no me ha saludado”, y todo lo demás son interpretaciones. Esta distinción, aunque parezca básica, ayuda a reducir la intensidad emocional y a abrir espacio para otras posibilidades.
Otra estrategia es flexibilizar el discurso interno. No se trata de eliminar la autocrítica, sino de hacerla más útil convirtiéndola en una crítica constructiva. Una crítica que orienta, por ejemplo: “puedo mejorar esto”, no tiene el mismo efecto que una que descalifica, como “no valgo”. Podemos ver que la primera impulsa, mientras que la segunda nos bloquea…
También es importante reconocer que nuestras narrativas cumplen una función. Muchas veces intentan protegernos, anticipar riesgos o darnos una sensación de control. El problema aparece cuando se vuelven rígidas y dejan de ajustarse a la realidad actual. Si pensamos en la narrativa como un mapa, vemos que este nos ayuda a orientarnos, pero no es el territorio. Si el mapa es antiguo o está mal dibujado, podemos perdernos aunque el camino sea claro. Por lo tanto, revisar nuestra narrativa es, en cierto modo, actualizar ese mapa.
Si trasladamos todo lo mencionado a nuestra vida cotidiana, esto se puede traducir en pequeños cambios: darnos cuenta de cómo nos hablamos tras un error, cuestionar interpretaciones automáticas, permitirnos considerar explicaciones alternativas. La clave no está en construir una narrativa perfecta, sino en hacerla más flexible y ajustada. Una narrativa que incluya matices, que permita el cambio y que no nos encierre en etiquetas rígidas.
Es cierto que no podemos evitar interpretar lo que nos ocurre, pero sí podemos aprender a hacerlo de una forma más consciente. Y en ese pequeño cambio, en pasar de narradores automáticos a narradores más conscientes, se abre una forma distinta de relacionarnos con nosotros y nosotras mismas, con nuestro mundo emocional y con nuestras experiencias.
Carla Barros Sánchez, Psicóloga de PSICARA