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Beatriz Gonzalvo Iranzo
noviembre 4, 2026

¿CUÁNTO DE NOSOTROS MISMOS SACRIFICAMOS PARA PERTENECER? LA AUTENTICIDAD TAMBIÉN NECESITA VÍNCULOS SEGUROS

Tiempo de lectura: 3 minutos

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. Esta semana nos detenemos a reflexionar sobre la autenticidad, la necesidad de pertenencia y el precio emocional que, en ocasiones, pagamos por mantener nuestros vínculos.

A veces aprendemos a callar lo que nos duele, a restar importancia a lo que necesitamos o a decir que sí cuando queremos decir que no. Nos adaptamos, cedemos y procuramos no incomodar. No siempre porque no sepamos quiénes somos, sino porque tememos que mostrarnos tal y como somos pueda poner en peligro el vínculo. Poco a poco, podemos llegar a confundir ser queridos con ser fáciles de querer.

Desde la teoría del apego, John Bowlby nos ayuda a comprender la importancia de los vínculos significativos en nuestra sensación de seguridad. Nuestras experiencias relacionales contribuyen a construir expectativas sobre lo que podemos expresar, lo que podemos necesitar y cómo responderán los demás cuando lo hagamos. Cuando expresar el malestar ha tenido consecuencias dolorosas, ocultarlo puede convertirse en una forma de proteger la relación. Pero lo que en algún momento nos ayudó a sentirnos a salvo puede terminar alejándonos de nosotros mismos.

La psicóloga Dana Crowley Jack estudió este fenómeno a través del concepto de silenciamiento personal: la tendencia a inhibir nuestros pensamientos, emociones y necesidades para preservar relaciones significativas. La investigación relaciona este patrón con mayores síntomas depresivos y con contextos relacionales poco equitativos. Esto nos invita a mirar más allá de la dificultad individual para expresarnos y preguntarnos también qué sucede en las relaciones cuando sentimos que nuestra aceptación depende de cuánto estamos dispuestos a ceder.

La autenticidad no consiste en decir todo lo que pensamos sin tener en cuenta a los demás, ni en compartir nuestra intimidad sin límites. La autenticidad implica poder actuar de forma coherente con nuestros valores y necesidades sin tener que construir constantemente una versión de nosotros mismos diseñada para obtener aceptación. Y esta posibilidad no depende exclusivamente de un trabajo personal, también se ve favorecida por relaciones en las que existe espacio para la diferencia, el desacuerdo y la vulnerabilidad. La calidad de los vínculos que construimos importa, y mucho.

Por eso, quizá no se trate de dejar de adaptarnos a quienes queremos, sino de aprender a distinguir cuándo adaptarnos es una elección y cuándo es el miedo quien decide por nosotros.

Desde una mirada informada en trauma, esta distinción resulta especialmente relevante. Las experiencias adversas pueden influir en nuestra capacidad para confiar, pedir ayuda o expresar necesidades, pero sus efectos no son universales ni irreversibles. Las relaciones posteriores también importan. Los vínculos que ofrecen respeto, reciprocidad y disponibilidad pueden contribuir a ampliar nuestras expectativas sobre lo que significa relacionarnos con seguridad. No reparan automáticamente todas las heridas ni sustituyen los procesos terapéuticos cuando son necesarios, pero pueden proporcionarnos experiencias distintas: descubrir que podemos decir que no sin perder necesariamente a alguien, que un desacuerdo no equivale siempre a un rechazo y que nuestras necesidades pueden tener un lugar dentro de una relación.

Hablar de relaciones de calidad no significa aspirar a vínculos sin conflictos, sino a relaciones en las que exista espacio para reconocer el daño, asumir responsabilidades y reparar cuando sea posible. En una relación segura podemos discrepar sin que cada diferencia se convierta en una amenaza de abandono, reconocer que algo nos ha dolido sin tener que ganarnos de nuevo nuestro lugar. También implica comprender que no todas las relaciones pueden ofrecernos esas condiciones. A veces, el camino consiste en aprender a expresarnos de otra manera; otras, en establecer límites o reconocer que permanecer en un vínculo exige una renuncia demasiado grande.

Quizá la pregunta no sea cuánto estamos dispuestos a cambiar por las personas que queremos, porque adaptarnos, negociar y dejarnos influir también forman parte de la intimidad. La pregunta es cuánto de nosotros mismos sentimos que debemos sacrificar para conservar un lugar en la vida de los demás.

Una de las formas más profundas de seguridad consiste en descubrir que podemos ser diferentes, expresar lo que sentimos y poner límites sin dejar de tener un lugar en la vida de quienes queremos. Porque pertenecer debería permitirnos ser nosotros mismos, no enseñarnos a desaparecer.

Beatriz Gonzalvo Iranzo, psicóloga de PSICARA