«CUANTO MÁS CONTROLO, MÁS ME DESCONTROLO» CÓMO AFECTA EL CONTROL EN LA ALIMENTACIÓN
Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. En esta ocasión hablaremos sobre qué es lo que ocurre en nuestra mente cuando intentamos aumentar el control alimentario.
Preocuparse por la comida y llevar un estilo de vida saludable está a la orden del día y, en un primer instante, resulta algo beneficioso para la salud. Tener cierta organización y control alimentario nos da calma, nos ayuda a sentirnos mejor y a cuidarnos. Sin embargo, en algunas personas acaba resultando una lucha, pues sienten que cuanto más intentan controlar la comida, la comida más les controla. Apareciendo en mayor medida preguntas sobre qué y cuánto comer, ocupando más espacio en su mente.
¿Por qué ocurre esto? Si nos centramos en la explicación biológica, se ha visto que el cuerpo no es capaz de distinguir si una persona ha reducido su ingesta de manera voluntaria, o por una escasez de alimentos. Cuando el organismo detecta dicha reducción, activa de una manera automática ciertos mecanismos de supervivencia, centrados en aumentar la atención a los estímulos que se relacionan con la comida. Así, aumentan los pensamientos intrusivos relacionados con ese tema, aumento del deseo y de la anticipación, y se alteran las señales de hambre y saciedad. Todo esto ocurre debido a que el cuerpo está preparado para la supervivencia, así pues, en el momento en el que el mismo detecta una menor cantidad de nutrientes de los que necesita, activa el impulso de comer con el objetivo de preservar la vida de la persona.
Si nos centramos en la explicación psicológica, del mismo modo que a nivel biológico nuestro organismo decide priorizar aquello que está percibiendo como escaso, a nivel cognitivo también ocurren ciertos cambios en los que lo prohibido acaba adquiriendo mayor peso. Es decir, cuando una persona intenta suprimir la sensación de hambre, el deseo de comer, o algún pensamiento relacionado con la comida, ocurre justo lo contrario y este se amplifica. ¿Alguna vez has intentado dejar de pensar en algo, intentando luchar contra el pensamiento? Si te has encontrado en dicha situación, es probable que hayas observado que cuanto más intentas alejar ese pensamiento de tu mente, este vuelve con más fuerza, pues la mente no responde bien a la represión constante.
Cuando intentamos controlar alguna cosa, ésta acaba ocupando un espacio central. La persona se encuentra vigilante y evaluando constantemente de qué manera está la situación, se activa la autocrítica y la anticipación a un posible fallo. Es decir, si estoy intentando controlar mi alimentación para mejorarla, es probable que a lo largo del día tenga más pensamientos sobre ese tema, me cuestione si lo estoy haciendo bien o no, me juzgue en el caso de que cometa un fallo, y esté pendiente de posibles situaciones en las que pueda “saltarme la dieta”. Como podemos observar, lo prohibido acaba adquiriendo un mayor peso cognitivo.
Teniendo en cuenta esta explicación, ¿qué ocurre si una persona lleva un tiempo controlando y reduciendo su ingesta alimentaria? La persona es probable que en este caso entre en el ciclo del control. Cuando intenta controlar de una manera rígida una situación, la atención hacia la misma aumenta, generándose un aumento tanto de la tensión, como de los pensamientos sobre ese tema, que nos lleva a romper la norma. Al transgredir la norma, aparece el sentimiento de culpa que lleva a intentar empezar de nuevo con el control, pero esta vez aumentando su rigidez.
Llevando el ciclo del control a la parte alimentaria, encontraríamos que, tras la limitación prolongada, se irá activando una urgencia por comer y recuperar la energía. Dicha urgencia, sumada al agotamiento mental producido como consecuencia de un intento de control sostenido en el tiempo, se acabará reduciendo la capacidad para sostener las reglas y la persona acabará transgrediendo la norma y comiendo aquellos alimentos que tenía prohibidos (muy probablemente en forma de atracón), generando culpa y, por ende, aumentando la rigidez.
Si bien es cierto que el control alimentario en ocasiones se debe al hecho de querer controlar la comida para conseguir un cambio físico, es relevante destacar que en otros casos dicho control se debe más a una estrategia de gestión frente a otras situaciones, más que a la parte alimentaria y corporal. Cuando ocurre esto, la comida se convierte en un territorio donde ejercer orden cuando otras áreas de la vida se sienten inestables. Esto se debe a que el control produce alivio – aunque este sea momentáneo – reforzando la conducta.
Teniendo en cuenta lo explicado, una alimentación saludable no se basa en la rigidez, sino más bien en la flexibilidad. El problema del intentar controlar, nunca se va a encontrar en “la pérdida de control”, sino en la rigidez de las norma. El objetivo se encuentra en aprender a escucharnos, a reconocer nuestras señales corporales, a romper normas rígidas, ser flexibles y generar una estructura sin castigo.
Cuando el cuidado se convierte en una vigilancia, ya no es cuidado, es autoexigencia.
Miriam Pitarch Rambla, psicóloga de PSICARA