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Carla Barros Sánchez
enero 28, 2026

DE ENEMIGO A ALIADO: EL ESTRÉS

Tiempo de lectura: 5 minutos

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología.

Hay días en los que el cuerpo se adelanta a la mente. El corazón late un poco más rápido, los hombros se elevan sin que nos demos cuenta, la respiración se vuelve densa. Tal vez estamos llegando tarde al trabajo, esperando una llamada importante o tratando de recordar dónde dejamos las llaves. A esa mezcla de sensaciones lo llamamos estrés, y aunque solemos hablar de él como si fuera un enemigo, en realidad nació (y permaneció) con nosotros como un aliado.

El estrés se entiende como una respuesta natural del organismo ante una demanda. Es la forma que tiene nuestro cuerpo y nuestra mente de decir, entre otras cosas: “Esto es importante, presta atención”. Gracias a esa activación, nuestros sentidos se agudizan, pensamos más rápido y tenemos más energía disponible. En términos simples, el estrés nos prepara para actuar. Es como un semáforo que se pone en ámbar: no es una alarma, es una señal para estar alerta.

Imagina una situación cotidiana: estás cocinando y de pronto hueles a quemado. Ese pequeño pico de estrés te hace girarte rápido, apagar el fuego y evitar que la cena termine en desastre. O piensa en el nerviosismo antes de una presentación en clase o en el trabajo: ese cosquilleo en el estómago es la señal que te recuerda que hay que estar presente y concentrado; te dirige a elegir mejor tus palabras y a mantenerte despierto y conectado con lo que dices. En estos casos, el estrés cumple una función adaptativa. Nos ayuda a responder a los retos del entorno y superar(nos)los.

Si ampliamos la mirada, durante miles de años, nuestros antepasados dependieron de esta respuesta para sobrevivir: huir de un depredador, encontrar refugio ante una tormenta, proteger a su grupo… Aunque hoy en día nuestras “amenazas” rara vez tienen colmillos o garras, el cerebro sigue reaccionando de forma muy similar ante un correo urgente de tu jefa, un examen importante o una discusión con alguien a quien aprecias. El cuerpo no distingue demasiado entre un león y una bandeja de entrada llena de mensajes sin responder.

Este desfase entre la vida moderna y nuestro sistema nervioso explica por qué, a veces, nos sentimos agotados por situaciones que, en apariencia, no son físicamente peligrosas. La mente interpreta la presión social, las expectativas externas o el miedo al error como señales de riesgo, y activa los mismos mecanismos:adrenalina, tensión, foco absoluto en el problema… En pequeñas dosis, esto puede ser útil como veíamos.En grandes cantidades, sostenidas en el tiempo, se convierte en una carga silenciosa.

El problema, entonces, aparece cuando ese semáforo se queda en ámbar demasiado tiempo o, peor aún, pasa a rojo y no vuelve a cambiar.Cuando las demandas se acumulan (plazos, preocupaciones económicas, conflictos personales, la sensación de no llegar a todo…) el estrés deja de ser un impulso y se convierte en una carga; el cuerpo sigue en modo “alerta máxima” aunque ya no haya un peligro inmediato al que responder.

En ese punto, hay quien empieza a notar señales claras: cansancio constante aunque se duerma, dificultad para concentrarse, irritabilidad, tensión muscular, dolores de cabeza o una sensación de estar siempre “a punto de estallar”. A nivel emocional, puede aparecer la tristeza, la ansiedad o una desconexión de las cosas que antes resultaban placenteras. Es como si la batería interna se fuera agotando sin oportunidad de recargarse.

Muchas personas a las que acompaño me describen el estrés como una mochila que se va llenando con cada responsabilidad, cada preocupación y cada “tengo que”, perdiendo el sentido funcional y adaptativo que mencionamos; y puedo llegar a entender esa percepción. Claro, al principio pesa poco y se puede llevar sin problemas, pero si no se revisa y aligera de vez en cuando, termina por doblarnos la espalda. Por eso, una parte esencial de aprender a gestionar el estrés es aprender también a soltar: expectativas irreales, comparaciones constantes con los demás, la idea de que descansar es perder el tiempo…

A pesar de todo esto que menciono, lejos de tratarse de lo que la lógica parece dictarnos (“elimina el estrés de tu vida” podríamos escucharle decir), de lo que se trata es de aprender a regularlo, de escuchar sus mensajes sin dejarnos arrastrar por su “griterío”. Para ello, existen estrategias que no prometen una vida sin dificultades, pero sí una relación más amable con ellas, y hoy os quiero compartir algunas.

  • Respirar con intención. Aunque suene simple, la respiración es una de las herramientas más poderosas para calmar el sistema nervioso. Detenerse unos minutos, inhalar lentamente por la nariz, sostener el aire un par de segundos y exhalar despacio por la boca puede enviar al cuerpo el mensaje de que ya no está en peligro. Es como bajar el volumen de una radio que estaba sonando demasiado alto.
  • Poner palabras a lo que pasa por dentro. Hablar con alguien de confianza o escribir lo que sentimos ayuda a ordenar el caos interno. Cuando nombramos nuestras preocupaciones, estas suelen perder parte de su fuerza. Un “estoy abrumado” o un “me siento insegura con esto” abre la puerta a la comprensión y, muchas veces, a soluciones que no habíamos visto.
  • Cuidar los pequeños ritmos del día. Dormir, comer y moverse con cierta regularidad no es un lujo, es una base. El estrés se vuelve más difícil de manejar cuando el cuerpo está agotado. Un paseo corto, una comida tranquila o una rutina de sueño estable pueden parecer detalles, pero son anclas que nos devuelven al presente.
  • Aprender a decir que no. Reconocer nuestros límites es un acto de autocuidado. No todo tiene que ser hecho hoy, ni todo tiene que ser hecho por nosotros. Elegir a qué le decimos que sí y a qué le decimos que no es una forma de proteger nuestra energía y nuestro bienestar.

Además de las estrategias prácticas, es importante recuperar espacios de sentido y disfrute. Actividades que no estén ligadas a la productividad, sino al simple hecho de estar: escuchar música, cuidar una planta, dibujar sin un objetivo concreto, mirar el cielo al atardecer… Estos momentos funcionan como pequeños oasis en medio del desierto de responsabilidades diarias. No eliminan los problemas, pero nos recuerdan que la vida es más amplia que ellos.

El estrés también puede ser una puerta hacia el cambio. A veces, cuando se vuelve demasiado intenso, nos está señalando que algo en nuestra forma de vivir necesita ser revisado. Tal vez estamos diciendo demasiados “sí” cuando queremos decir “no”. Tal vez estamos persiguiendo metas que ya no nos representan. Escuchar estas señales puede ser el primer paso hacia decisiones más alineadas con aquello que es importante para nosotros en este momento.

En la misma línea, el estrés, aunque desagradable, puede también enseñarnos mucho sobre nosotros mismos:qué nos importa, qué nos exige más de lo que podemos dar, dónde necesitamos apoyo… Si lo escuchamos con atención, puede convertirse en una brújula en lugar de una tormenta.

Por supuesto, gestionar el estrés no es una meta que se alcanza y se guarda en un cajón. Es un proceso continuo, una danza entre la exigencia del mundo y la escucha interna. Habrá días en los que el ritmo sea rápido y otros en los que necesitemos parar y simplemente respirar. Y quizá, al final del día, cuando bajamos la persiana y la casa queda en silencio, podamos ver al estrés, no como una sombra que nos persigue, sino como una ola que viene y va; a veces, nos sacude un poco más de la cuenta, otras nos empuja hacia la orilla.


Carla Barros Sánchez, Psicóloga de PSICARA