DECIDIR: EL DIFÍCIL ARTE DE ELEGIR

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. En esta ocasión quiero hablar de algo que todos hacemos cada día y que, sin embargo, muchas veces se nos hace cuesta arriba: tomar decisiones.
Decidir está presente en nuestra vida mucho más de lo que pensamos. Algunas decisiones son pequeñas y cotidianas como qué comer, qué ropa ponernos o qué serie ver, mientras que otras pueden marcar etapas importantes: elegir qué estudiar, cambiar o no de trabajo, iniciar o terminar una relación, o decidir dónde queremos vivir. Aunque no siempre seamos conscientes, nuestra vida se va construyendo a partir de muchas decisiones pequeñas y grandes.
Y, sin embargo, decidir no siempre es fácil.
Desde la Psicología sabemos que una de las razones principales es la incertidumbre. Como no podemos saber qué ocurrirá después, aparece el miedo a equivocarnos. Muchas personas sienten que deberían encontrar “la decisión perfecta”, aquella que garantice el mejor resultado posible. Pero la realidad es que, en la mayoría de los casos, no existe una decisión perfecta, sino decisiones suficientemente buenas para el momento en el que nos encontramos.
Otro factor importante es la responsabilidad. Tomar una decisión implica asumir que nuestras elecciones tienen consecuencias. Esto puede resultar especialmente difícil en momentos de cambio. Pensemos, por ejemplo, en un adolescente que debe elegir qué estudiar después del instituto. Es una edad en la que todavía se está descubriendo quién es uno mismo, qué le gusta o qué se le da bien, y sin embargo se le pide tomar una decisión que parece definir su futuro. No es extraño que aparezcan dudas, presión o miedo a equivocarse, y a veces sensación de bloqueo.
Algo parecido puede ocurrir en la edad adulta. Muchas personas pasan años pensando si cambiar o no de trabajo, iniciar un proyecto propio o modificar algún aspecto importante de su vida. Incluso en etapas más avanzadas de la vida siguen apareciendo decisiones importantes. Por ejemplo, cuando una persona se plantea jubilarse, cambiar de rutina o reorganizar su día a día.
La estabilidad puede dar seguridad, pero también puede generar la sensación de estar en un lugar que ya no encaja del todo con lo que necesitamos. En esos momentos, decidir puede sentirse como un salto al vacío.
A todo esto se suma otro elemento muy presente en nuestra sociedad actual: el exceso de opciones. Hoy en día podemos elegir entre múltiples estudios, trabajos, estilos de vida o formas de organizar nuestra vida.
Además, nuestras decisiones no dependen solo de la razón. Las emociones también juegan un papel fundamental. A veces sentimos una intuición clara hacia un camino, mientras que otras veces el miedo, la presión social o las expectativas de otras personas influyen más de lo que imaginamos. Por eso, decidir no es únicamente un proceso lógico, sino también emocional.
Ante todo esto, muchas personas se preguntan: ¿existe alguna forma de tomar decisiones de manera más tranquila y saludable?
En primer lugar, darnos tiempo para pensar, pero sin quedarnos atrapados en un bucle infinito de análisis o en un proceso de rumia. Reflexionar es útil, pero darle vueltas constantemente a las mismas posibilidades suele aumentar la ansiedad más que aclarar las ideas.Podemos darnos también un plazo para tomar una decisión.
En segundo lugar, puede ser útil preguntarnos qué es importante para nosotros. A veces tomamos decisiones basándonos únicamente en lo que se espera de nosotros o en lo que hacen los demás. Pararnos a pensar en nuestros valores, intereses y necesidades puede ayudarnos a encontrar opciones más coherentes con nuestra forma de vivir.
Otro paso importante es aceptar que equivocarse forma parte del proceso. Muchas de las decisiones que tomamos en la vida no son definitivas. De hecho, gran parte del aprendizaje personal proviene precisamente de probar caminos, ajustar el rumbo y seguir avanzando.
También puede ayudar a dividir las decisiones grandes en pasos más pequeños. Cuando una elección parece enorme, pensar en pequeñas acciones intermedias puede hacerla más manejable. Por ejemplo, antes de cambiar de trabajo quizá podamos informarnos más, hablar con personas del sector o probar nuevas tareas relacionadas con aquello que nos interesa.
Y, por último, conviene recordar algo fundamental: decidir también es confiar en uno/a mismo/a. A lo largo de nuestra vida ya hemos tomado muchas decisiones, algunas más acertadas que otras, pero todas ellas nos han ayudado a aprender y a construir quiénes somos hoy.
Cada decisión, incluso las más pequeñas, nos permite conocernos un poco mejor y seguir dando forma a nuestra propia historia. Tal vez la clave no esté en encontrar siempre la decisión perfecta, sino en atrevernos a elegir, aprender del camino y seguir avanzando. Porque, al final, vivir también consiste en eso: en ir tomando decisiones, paso a paso.
Noelia Ferrer, psicóloga de PSICARA