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A CAMBIO DE NADA

Bienvenidos al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA (Psicología Aragonesa en Acción) abordamos temas y curiosidades relacionadas con la psicología. Esta semana vamos a explorar la parte más humana que surge de vivir una situación de crisis global.


Está bien documentado que desde hace miles de años el ser humano se agrupa en comunidades. A lo largo de la historia, estos grupos han variado en tamaño, organización o funciones a desempeñar. Las ventajas de cooperar y vivir en grupo frente al aislamiento son considerables: acceso a alimentación, a recursos que estarían menos disponibles para individuos solitarios y mayor protección contra amenazas externas, entre otras.


Sin embargo, los interrogantes surgen cuando nos planteamos en qué momento las personas empezaron a ayudarse unas a otras, primando el bienestar colectivo sobre el individual. A pesar de que no hay una respuesta concluyente a esta pregunta, algunos autores se aventuran a dar una explicación a través de la selección natural. Parece lógico pensar que una tribu compuesta por individuos dispuestos a sacrificarse por el bien comunitario saldrá victoriosa frente a otras tribus, y por tanto, logrará más descendientes. 


La RAE define el altruismo como “Procurar el bien ajeno, aún a costa del propio”. Entonces, ¿existe el altruismo puro? ¿obtenemos alguna recompensa cuando ayudamos a los demás? Hay una gran controversia en torno a la ayuda desinteresada que lleva a cabo el ser humano.

Algunos psicólogos sociales defienden que el altruismo es fruto de enseñanzas culturales, es decir, de lo que vemos que hacen los demás. Esto significa que si una persona se precipita a ayudar a un niño que está llorando, aumenta la probabilidad de que otras personas también lo hagan. Como explica Albert Bandura en su teoría del aprendizaje social, la primera persona hace de modelo o ejemplo, dejando claro que esa respuesta de ayuda es adecuada en ese momento y alentando al resto a actuar en consecuencia. Otros abogan por que las conductas prosociales de ayuda son una parte inherente al ser humano y están escritas en nuestra estructura genética. Y en el extremo opuesto se encuentran aquellos que no creen en el altruismo puro, pues piensan que quienes ayudan a sus semejantes siempre obtienen un beneficio en última instancia.


Sea como sea, parece relevante acercar dicha cuestión a la crisis internacional por la que estamos pasando en este momento. La tormenta en la que vivimos desde hace unas semanas, provocada por un ser de tamaño microscópico, nos hace reflexionar sobre numerosos aspectos de nuestra vida. En primer lugar, puede que no tengamos el poder absoluto de todo, como en ocasiones creíamos, lo que nos da una lección de humildad ante el curso de la naturaleza. En segundo lugar, es posible que a raíz de esta situación extraordinaria reorganicemos nuestras prioridades y empecemos a dotar de importancia aspectos que hace unas semanas, en circunstancias más rutinarias, pasábamos completamente por alto. Y por último, y siguiendo con el hilo de este artículo, puede que seamos capaces de dar una respuesta al controvertido debate que nos trae hasta aquí sobre la existencia del altruismo y la ayuda desinteresada hacia la comunidad.


Lo cierto es que desde hace muchos años, se ha investigado cómo promover la ayuda, tanto para darla, como para aumentar las oportunidades de recibirla y, si de algo no cabe duda, es de que la empatía juega un papel protagonista. Los datos señalan que cuando las personas se sienten conectadas y se identifican con otro individuo o grupo están tan interesadas en el bienestar de los demás como en el propio. 


Mientras aguantamos el chaparrón de esta crisis desde nuestros hogares, bien sea intentando conciliar el trabajo con el cuidado de los más pequeños de la casa, lidiando con las consecuencias de despidos laborales inesperados o asumiendo la dureza de despedirnos de alguien para siempre sin poder rozarnos la mano por última vez, parece que nos invade un sentimiento comunitario.


De forma irónica, a medida que se endurecen las políticas de aislamiento que nos distancian socialmente, también surgen actitudes de acercamiento hacia quienes nos rodean. Hace unas semanas surgió en Canadá el movimiento “caremongering”, que podría traducirse en castellano como altruismo o cuidado social, en oposición al término “scaremongering” que hace referencia a quien trata de sembrar el pánico a través de la difusión de historias alarmantes. La iniciativa pretende tender la mano a los colectivos más vulnerables durante la propagación del virus y la gran repercusión que está alcanzando nos da un atisbo de luz de cara al futuro.


De hecho, muchos de nosotros ya estamos practicando “caremongering”. La implicación que estamos tomando como sociedad se percibe en cientos de actos. Los vecinos más solidarios cuelgan carteles en el portal ofreciéndose para hacer la compra o pasear a la mascota de otros vecinos, los padres y madres se desviven por mantener entretenidas a las pequeñas/grandes revoluciones del hogar, los maestros y profesores reorganizan asignaturas planificadas desde hace meses de principio a fin, se hacen donaciones económicas y de material sanitario desde otros rincones del mundo, se confeccionan a mano mascarillas en antiguas máquinas de coser, muchos profesionales trabajan de forma voluntaria saliendo, momentáneamente, de su puesto habitual de trabajo, los niños y niñas nos recuerdan con sus dibujos que “todo saldrá bien”, y hablando de obras de arte, algunos museos abren sus puertas a través de sus páginas web. Además, compartimos en las redes sociales nuestras recetas más fáciles de preparar, otros publican en su perfil tablas de ejercicio que nos ayudarán a contrarrestar y mantener la figura, disfrutamos de los conciertos de nuestros ídolos en streaming, los fines de semana acudimos a la cita del vermouth on line y cuando llegan las 20:00h nos dejamos las manos aplaudiendo para decir a voces que todos aquellos que están sufriendo no están solos. Y todo esto, “a cambio de nada”. 


Para concluir, me gustaría rescatar unas palabras que escribió la autora chilena Isabel Allende: “Ni siquiera sabemos lo fuertes que somos hasta que nos vemos obligados a sacar esa fuerza oculta. En tiempos de tragedia, de guerra, de necesidad, la gente hace cosas asombrosas. Es impresionante la capacidad humana para la supervivencia y la renovación.” 

Mucho ánimo y fuerza para todos, compañeros.



Berta Maté Calvo

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