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AL OTRO LADO DE LA CONSULTA

Bienvenidas y bienvenidos al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. En esta ocasión hablaré acerca de cosas que no solemos escuchar durante el grado de psicología y que, a mí, me hubiera gustado oír antes, por lo que este artículo sobre todo va dirigido a futuras psicólogas y psicólogos.


Por suerte, hablar en la actualidad de salud mental está a la orden del día. Escuchamos hablar de psicología en los medios de comunicación, en las redes sociales, en las aulas, en algunas campañas de prevención, incluso ¡ya parece que podemos hablar con naturalidad si acudimos a una/o psicóloga/a con gente conocida! Estamos más acostumbradas y acostumbrados a oír acerca de salud mental en cuanto a diagnósticos, a tasas de ansiedad, de los estresores, etc. pero, ¿son solo este tipo de casos los que llegan a terapia? La vida implica cambios constantes, ya sea en un nivel tan simple como elegir una nueva ruta para ir a trabajar (la que podría no tener ninguna repercusión en la vida de alguien) o, por el contrario, cambios repentinos como un accidente o el diagnóstico de una enfermedad. Estas circunstancias supondrían una ruptura con tu normalidad que puede conllevar la necesidad de pedir ayuda a un profesional.


Está claro que la cosa está cambiando. Ahora está más normalizado escuchar casos de personas que van a terapia, incluso de gente famosa que habla de ello con toda la naturalidad. Así que, ya sea esta lectura un modo de desahogo o simplemente curiosidad para las y los lectores, me gustaría hablar hoy sobre el otro lado de la salud mental: el lado que le toca vivir a un profesional de la psicología.


La labor de atender necesidades durante un proceso de terapia psicológica, al igual que muchas otras profesiones relacionadas con la salud, es un trabajo que implica cuidado. Cuando nuestro día a día está repleto de problemas, de situaciones de mucho riesgo y tantísima carga emocional, puede llegar a ocasionar en el profesional una serie de dificultades que pueden afectar en nuestra vida personal. Esto es más probable que se dé en los primeros años de profesión, ya que empiezas a oír (quizás por primera vez) historias reales y situaciones muy duras. En estos casos, resulta difícil no implicarse en el trabajo a nivel emocional. Por ejemplo, preocupaciones tal que: “¿cómo estará ahora M.?”, “¿le habrá ayudado esto que le dije en la última sesión?”. Si a esto le sumamos que los grados (o carreras) se caracterizan por ser tener una gran carga teórica y una menor práctica, facilita que nos llevemos el trabajo a casa a nivel de mí misma como profesional (cuestionamientos que generan malestar tipo: “¿lo habré hecho bien?”, “menuda cagada esta sesión”, “no ha servido de nada mi trabajo”, etc.). Pero también puede ocurrir justo lo contrario. Las y los psicólogos en nuestra vida personal podemos estar pasando por una temporada más complicada y que esto nos afecte en nuestro día a día, pudiendo influir incluso en la consulta. ¡Al final, somos personas!


Las similitudes existentes en las vivencias entre el paciente y el terapeuta podrían ser impedimentos en el trabajo del/la psicóloga. Así, podría darse el caso en el que te veas teniendo que ayudar a alguien que te está contando una historia que tú has vivido y no hayas sabido solucionarlo. Seguramente habréis escuchado frases como: “tú tienes herramientas, sabrás cómo hacerlo”, “eres psicóloga, sabes como funcionan las emociones, ponlo en práctica”. Y yo te planteo: ¿un psicólogo va al psicólogo? La respuesta es evidente: sí, un psicólogo sí puede haber pasado o estar pasando a su vez por su propio proceso terapéutico.


Durante los años de estudio siempre nos han hablado del lado más teórico y desde una visión de espectador. En cambio, cuando tienes delante a un paciente y toda esta serie de emociones y pensamientos desagradables aparecen en sesión, en ocasiones debes seguir mostrando una imagen diferente a la que tus emociones te están pidiendo en ese momento y seguir haciendo lo que toca hacer: atender a tu paciente. Estas sensaciones que se pueden llegar a experimentar durante las consultas serían lo que llamamos barreras personales.


Todas y todos los terapeutas tenemos cosas que se nos pueden activar en sesión y pueden llegar a entorpecerla. El entrenamiento en barreras personales se hace extremadamente necesario para que, en presencia de ellas, podamos seguir actuando hacia lo que importa en ese momento, que es nuestra/o paciente. Aquí está el quid de la cuestión. Durante la formación no se nos enseña a convivir con todas estas barreras ni a saber cómo podemos seguir haciendo nuestro trabajo sin que las barreras manden sobre nosotras/os. Y desde aquí quería incidir en la importancia de este trabajo personal que cada terapeuta debe llevar.


Este texto lo escribo para que gente como yo; que quizás en su día a día necesita escuchar que otra persona se ha mostrado con dudas, con temor, inseguridades, con días de mi*rda en los que pensamos que no valemos para ayudar a otras personas; se pueda ver reflejada y validada en mis palabras. Y aquí está la parte más humana de lo que implica trabajar ayudando a personas.



Alba Nicolás Agustín, psicóloga de PSICARA.

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