• PSICARA

CUÉNTAME UN CUENTO

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. Hoy… ¿qué os parece si nos vamos de karaoke con Celtas Cortos?: “Cuéntame un cuento y verás que contento, me voy a la cama y tengo lindos sueños”. Este sería un buen resumen del artículo, pero no nos vamos a quedar ahí. En realidad, venimos a explicar el uso de los cuentos en terapia.


Los cuentos son narraciones en prosa, ficción literaria si lo preferís, que, aunque su uso muchas veces es por mera diversión, son mucho más versátiles de lo que se puede pensar en un primer momento. Contienen una gran variedad de elementos que pueden amoldarse a distintas personas, contextos y problemas.


Vayamos al ejemplo más sencillo: pensemos en los niños y niñas. En estos casos, los cuentos tienen un componente muy estimulante a nivel de imaginación, memoria, atención, lenguaje e incluso solución de problemas; pero… ¿solo en la infancia?


Al fin y al cabo, y en palabras de Bettelheim (1977), los cuentos ejercen una función liberadora al permitir identificarse con los personajes. ¿Es, acaso, esta identificación liberadora (catarsis) una capacidad que perdemos al hacernos adultos? La respuesta es no. Los cuentos, siempre adaptándolos a la edad y a las capacidades de la persona, ayudan a elaborar y afrontar problemas (por ejemplo, un miedo) de forma que evitemos bloquearlos.

¡Cómo! ¿No me creéis? Os invito a leer lo siguiente: “Erase una vez un sitio cálido, hermoso, en el que la tranquilidad casi parecía poder respirarse. No había ruidos molestos, solo el suave sonido de algunos pájaros. La luz entraba cuidadosamente dando una bonita sensación de amplitud...” ¿Cómo os habéis sentido? Imagino que, la mayoría, habrá notado cierta relajación en la medida en la que se hayan “metido en el papel”.


Este efecto sucede gracias a la capacidad evocadora de los cuentos. Las narraciones pueden hacer más accesible el contenido inconsciente y normalizar la existencia de dificultades inevitables en la vida (no queriendo decir que no se empleen para problemáticas más “atípicas”). Esto facilita su uso con fines terapéuticos: la persona encuentra sus propias soluciones al reflexionar sobre la historia y aludirla a sus propios conflictos.


¡Pero no solo eso! También facilita que reestructuremos esa situación a nivel cognitivo y emocional. Dicho de otra forma, ofrece otro punto de vista, lo que no deja de ser otro facilitador de ese afrontamiento de problemas. Nuevos enfoques dan nuevas alternativas de respuesta. Podríamos resumir que la literatura puede ayudar a identificar las emociones y pensamientos de las personas y posibles respuestas ante ambas. Suena bien, ¿no?


No obstante, si estos ejemplos más generales e inespecíficos no os convencen, la evidencia científica tal vez os ayude a salir de dudas. El uso de cuentos no es algo nuevo, de hecho, se viene utilizando frecuentemente en rehabilitación tras un ictus (especialmente en caso de desarrollarse depresión) o en población oncológica (mayor, aunque no únicamente, en casos infantiles). Sin alejarnos de esta evidencia, el propio Instituto Nacional para la Excelencia Clínica (NICE), una organización que orienta y da recomendaciones sobre la eficacia de intervenciones, defiende el uso de la literatura como tratamiento para síntomas depresivos de leves a moderados. ¡Imaginaos lo que se podría extender su uso si lo tomamos como técnica complementaria a otros formatos de intervención!


“No sé, no sé… Me sigue pareciendo muy informal e infantil”. No podemos negar que, como muchos tratamientos, será más eficaz cuando el paciente se interese activamente por él. A pesar de ello, hay ciertos aspectos en los que se fundamentan estás intervenciones, algunos de ellos avanzados ya en párrafos anteriores. Este sería el caso de la capacidad de los cuentos para redefinir el problema desde una nueva perspectiva. Esto resulta importante si partimos de que, como seres humanos, tenemos una mentalidad social: somos seres sociales. Así, los cuentos pueden ayudarnos al proporcionar historias de otros humanos o personajes.


Junto al hecho de que nuestra identidad se construye mediante narrativas, serían los dos fundamentos principales. ¡Cuidado! Principales, pero no únicos. También tenemos el efecto facilitador de los cuentos a la hora de recordar cosas gracias a las emociones implicadas, su papel en el aprendizaje por modelado o su flexibilidad y versatilidad.


¿No os ha pasado que hay veces que vais a algún profesional y os empieza a hablar con tecnicismos que luego ni se recuerdan? Ahora imaginad si esa explicación la está recibiendo un niño o una niña. El uso de un cuento en este contexto podría servir para simplificar la información.


“Bueno, me has convencido.” ¿Seguro? Por si hay alguien que todavía duda, los cuentos pueden facilitar captar la atención de la persona a la par que eludimos su resistencia al cambio, muchas veces presente en un proceso terapéutico. Y todo ello ofreciendo independencia al individuo: es él o ella quien da sentido al cuento, lo adapta, reflexiona sobre él y saca sus conclusiones. Así, el rol del o de la terapeuta será, como en la mayoría de las situaciones, guiar y facilitar este proceso.


“Leer no es lo mío… ¿Alguna idea?” Tenemos otras opciones bastante similares. La escritura, bien de cuentos, poesía o incluso un diario, puede ser terapéutica para expresar y procesar conflictos. Incluso podríamos hablar de arteterapia, pero eso ya es otro tema que si os interesa podéis leer en artículos anteriores como “El arte en la salud mental”.


¿Vemos un ejemplo rápido para cerrar? Os invito a leer el siguiente microrrelato que escribí hace un tiempo:


Caperucita Roja, ya no era tan niña. Ya no temía a los bosques oscuros, a perderse por los caminos, a los lúgubres sonidos de la noche.

Caperucita Roja ya no tenía lobos feroces con ojos, orejas o boca grande. Ya no tenía tiernas e indefensas abuelitas a las que visitar.

Pero sí un burdo cazador: ella era la presa. Había sido cazada. Y esto ya no era un cuento.


¿Qué os hace sentir? Os ayudaré un poco: imaginaos que quien lo lee es una mujer que está sufriendo violencia de género. ¿Qué emociones sentirá? ¿cómo definiría a Caperucita Roja? ¿y a su cazador? ¿qué otros personajes se podrían incluir? ¿cómo podría escapar de su cazador?


¿Recordáis que decíamos que los cuentos son muy versátiles? Y si tomamos como contexto una niña (o un niño) que sufre algún tipo de abuso de sus padres, ¿se adecuaría? ¿O tal vez una persona que ha perdido a un ser querido y su cazador es la soledad percibida? Independiente de la problemática, un cuento junto con la ayuda de un profesional de la Psicología, puede ser la combinación clave para afrontar eso que nos aterra.



Alberto Gracia, psicólogo de PSICARA

38 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo