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¿EL QUE CANTA SU MAL ESPANTA?

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la psicología. Esta semana vamos a hablar sobre el uso de la música en las intervenciones psicológicas.


En la sociedad en la que vivimos, innovar cumple un papel vital en la adaptación a cualquier cambio, y la psicología no se desvincula de ello. En nuestro campo, al igual que en cualquier otra disciplina científica, es necesario investigar y avanzar para cumplir mejor con los objetivos de evaluación, diagnóstico, prevención, intervención y seguimiento; entre otros.

Ninguna ciencia se escapa de la frase hecha atribuida a Miguel de Unamuno: “renovarse o morir”. En el caso de la psicología, algunos ejemplos de innovación aparecen con la musicoterapia.


La Musicoterapia es toda aquella intervención terapéutica complementaria que tiene como herramienta la música con el fin último de mejorar la salud y el bienestar de sus participantes. Concretamente, y como ya apuntaron Munro y Mount (1978), tras su realización se pueden obtener efectos positivos en la esfera física (relajación muscular y percepción del dolor), psicológica (estado de ánimo, alivio de la ansiedad y expresión emocional), social (relación con la familia y cohesión grupal) y espiritual (consuelo y sentido de la vida).


¿Música para intervenir? ¿Pero eso está validado? El problema radica en que existe un notable intrusismo en la rama de la musicoterapia que acaba convirtiendo algunas prácticas en pseudociencias sin efectos. Un claro ejemplo son los múltiples vídeos de “música para concentración”, de ondas alfa o de ruido blanco que se promocionan por internet para aumentar la productividad y la eficiencia, que aunque quizás funcionan para algunas personas, no se ha demostrado que su eficacia sea generalizable. Además, suele hacerse un mal uso del término musicoterapia, llegando a utilizarlo cuando simplemente estamos con un estado de ánimo concreto y optamos por poner música para cambiarlo o para expresarlo; que aunque puede tener efectos positivos, no se puede considerar musicoterapia por el hecho de que se realiza fuera del contexto terapéutico. Además, la música se puede volver contraproducente si se utiliza como respuesta de evitación de manera general para la gran parte de los problemas, convirtiéndose en un patrón de conducta habitual.


¿Existen casos en los que la musicoterapia esté contraindicada? Sin duda. Hay que tener en cuenta la posible existencia de epilepsias musicógenas que puedan existir en las personas a las que se les vaya a aplicar. En este tipo de epilepsias, los ataques se ven desencadenados por la música, y suele deberse a un condicionamiento del sonido con una experiencia de ataque; pudiendo llevar a una generalización de estímulos. Es decir, a provocarse ante otras situaciones. Un ejemplo de esta generalización sería un o una futbolista que recibe una patada en la cabeza durante un partido, provocándole un desmayo. A partir de entonces, en algunos casos pasan a observarse ataques de epilepsia ante el pitido de un silbato o sonidos similares, aunque no sea durante un partido de fútbol.


¿Y cuáles son sus beneficios? Estas ventajas se pueden agrupar en dos aspectos. En primer lugar, modula la energía muscular, consiguiendo facilitar la regularidad de la respiración y la circulación sanguínea. Además, causa mayor activación cerebral, principalmente cuando la música es conocida. De esta forma, puede llegar a aumentar la actividad voluntaria y demorar la fatiga. En segundo lugar, al trabajar la atención, focalizándola y redirigiéndola, se producen estados de relajación y calma e incluso se inducen emociones de cualquier tipo (alegría, nostalgia, tristeza, ira…) en función de la que se desee gestionar.


Por tanto, y teniendo en cuenta estos dos efectos, se deben destacar sus notables beneficios en mejoras del espectro autista, poliomielitis, traumatismos craneoencefálicos abiertos, oncología, estrés postraumático, TDAH o algunas demencias (por ejemplo, alzheimer), entre otros.


¿Y cómo funciona? A modo de ejemplo os voy a mostrar dos actividades grupales: el “movimiento guiado” o “lazarillo” y la “pelota invisible”. El primero de estos consiste en moverse por el espacio donde se realice la actividad con los ojos cerrados y obstáculos mientras un acompañante indica con el tacto hacia dónde ir (ej. tocando los hombros en función del giro a realizar); y todo ello acompañado de una música suave y relajada. Con ello se busca trabajar la confianza propia y en los demás junto a la atención a todos los sentidos.

Del mismo modo, se usa la música en la actividad de la “pelota invisible”, la cual recae en una práctica de mímica. Para ello, las personas deben moldear mentalmente un balón, ajustándolo a como les vaya haciendo sentir la música de fondo. Una vez conseguido, tendrán que pasarle a sus compañeros los balones variándolos de peso, tamaño y forma. De esta forma teatralizada se trabaja la empatía, la motricidad y, con el componente escénico, la timidez.


¿Entonces solo puede utilizarse en grupos? Es cierto que su aplicación más conocida suele ser a nivel grupal. Sin embargo su uso individualizado también existe, pudiendo tomar de ejemplo la improvisación musical conectada con la emoción que se siente en el momento presente o actividades de control del movimiento mediante el uso de instrumentos. Una situación específica de estos últimos ejercicios sería aplicada en pacientes con problemas de coordinación y equilibrio, y consistiría en realizar una marcha pulsando unas campanillas situadas en el suelo activadas mediante la presión con los pies. Esto requiere que la persona se apoye en una única pierna y mantenga ese equilibrio.


¡Pero yo no sé tocar ningún instrumento! Esa es parte de la “gracia” de este tipo de intervenciones: no necesitas ser experto de piano, guitarra o cualquier otro instrumento musical. ¿No lo crees? Piénsalo a modo de cierre: ¿es necesario saber crear música de forma precisa para disfrutar escuchándola o practicándola?


Alberto Gracia Agudo



Bibliografía recomendada:

Benenzon, R. O. (2011). Musicoterapia. De la teoría a la práctica. Barcelona: Paidós.

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