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EL QUID DE LA DISCUSIÓN


Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. Hoy me gustaría hablar sobre, posiblemente, una de las acciones más comunes en el ser humano y que, en muchos casos, produce estragos, llevándonos incluso a creer que… evitar discutir es la mejor opción. Pero, ¿es esto así?


Alrededor de conceptos como “discusión” o “conflicto” pueden existir ciertas creencias que asocian esto a conductas dañinas como los gritos, los reproches, los insultos… y claro, podemos acabar concluyendo que tal vez deberíamos evitar tener una disputa. Sin embargo, a lo largo del día nos podemos ver sumergidos en muchas discusiones, incluso sin ser conscientes del inicio de estas; entonces, ¿¡qué hacemos!?


Empecemos por los cimientos: ¿Qué es realmente una discusión? Es preciso partir de la idea de que la percepción de los hechos que cada uno hace se basa en interpretaciones de lo que llamamos “la realidad”, y esas interpretaciones son totalmente subjetivas y van a estar influenciadas por nuestras experiencias y aprendizajes previos, nuestro entorno, nuestra personalidad, nuestros valores, etc. Por lo tanto, lo que para mi es un 6 puede que para otra persona, desde su perspectiva, sea un 9, y ¿quién tiene la razón? Es aquí cuando da comienzo la discusión. Pero en ningún caso tener puntos de vista distintos sobre una situación conlleva inherentemente un comportamiento dañino e inquisitorio.


El objetivo principal que se persigue al discutir es el de exponer cómo yo lo he vivido, sentido y/o cómo lo veo, y escuchar de forma activa cómo lo ha vivido, sentido y/o visto la otra persona, desde una actitud empática y flexible que dé cabida a la posibilidad de que existan diferentes versiones de un mismo hecho y no pase nada por ello.


Tal vez la otra persona te comunique que eso que has dicho con toda tu buena intención le ha sentado mal porque, por ejemplo, no se ha sentido validada emocionalmente, al contrario, el mensaje que ha interpretado es “que estés triste ahora está mal”. Ante esto puedes reprocharle que “siempre estás con lo mismo y al final soy yo el malo de la película”, o intentar comprender el efecto que tiene en esa persona esas palabras que has utilizado y buscar la forma de llevar a cabo una comunicación más adecuada.


O, ¿cuántas veces te has visto arrastrado por cierto malestar y una gran cantidad de pensamientos relacionados con el cómo se ha dado, qué has dicho o qué has hecho en una discusión con una de tus mejores amigas? Cuando actuamos desde la conciencia plena de nuestro estado físico y mental, y tomamos una decisión pensando en qué efecto queremos conseguir con nuestra respuesta, una gran parte del malestar que podría generar esta discusión se diluye ya que acabamos alcanzando el objetivo que tiene en sí una discusión: entendernos y mejorar nuestra relación.


Por lo tanto, ¿es útil llevar a cabo esta acción? ¡Por supuesto que sí! Pero también es cierto que nos va a conllevar un mayor esfuerzo que la simple respuesta de pasar la pelota de la culpa al otro y no afrontar la situación, es decir, rehuirla. Y… ¿merece la pena? La calidad de tus relaciones interpersonales se verá potencialmente incrementada, así como el concepto de ti mismo ante el mundo social: mucho más capaz.


Puede que a estas alturas del artículo pienses: “Suena muy bonito, pero no es tan fácil”. Y es verdad. Esto, como muchas otras habilidades, conlleva un entrenamiento que durará toda la vida y que si conseguimos manejar nos puede ayudar a enfrentar diversas situaciones con distintas complejidades, como por ejemplo la adversidad de tener que soltar una relación de gran importancia para nosotros por la insatisfacción de no compartir ciertos valores que no queremos dejar a un lado; una decisión tan difícil como madura.


Entonces, llegados a este punto: ¿por dónde empiezo para tener discusiones saludables ya que no me puedo deshacer de ellas? Aquí te dejo algunas pautas que puede que te sirvan en el inicio a este entrenamiento.

  1. No te dejes arrastrar por la emoción del momento y para, antes de que sea demasiado tarde. Con esto no quiero decir que no afrontes la situación, sino que lo hagas cuando te sientas preparado para hacerlo, desde la mayor calma y reflexión posible, y no desde la impulsividad del momento.

  2. Determina bien el objetivo de la discusión, ¿qué quieres conseguir con ella? En muchas ocasiones nos enredamos en el pasado, en los reproches y las culpas. Sin embargo no es eso lo que buscamos, sino plantear nuevas acciones que solventen la situación crítica que se ha dado. Cuando detectes que esto esté pasando, vuelve al objetivo principal que te has marcado.

  3. Cuando escuches, pon atención plena en las palabras de la otra persona. No ocupes tu mente con el qué le diré ya que esto no te permitirá escuchar con la suficiente atención y acabarás dando una respuesta sin tener en consideración el discurso del otro.

  4. El orgullo, la culpa y el miedo, entre otras emociones, nos pueden dificultar escuchar y aprender de la experiencia/opinión de la otra persona. Por ello es importante detectar nuestras tendencias, relajar nuestras barreras y ser flexibles ante otros testimonios.

  5. Recuérdate que no hay verdades absolutas, sí diferentes interpretaciones. Darte auto-instrucciones en medio de una discusión te ayudará a volver a poner tus pies en la tierra y ver con mayor perspectiva.

  6. Si finalmente no estáis de acuerdo el uno con el otro, intentar convencerle no es la solución al conflicto. A veces caemos en repetir una y otra vez nuestro discurso persiguiendo que la otra persona adopte nuestra misma opinión, en vez de buscar, por ejemplo, puntos intermedios que puedan satisfacer a ambas partes en la medida de lo posible o entender que en ese tema pensareis de forma distinta.

  7. Si a lo largo de la discusión algo te está sentando mal, exprésalo y no solo te quedes con la interpretación que estás haciendo de sus palabras. La mezcla de emociones intensas con palabras desafortunadas es el escenario perfecto para los malos entendidos y enfados. Antes de dar por hecho, podemos comprobar si eso que nos ha llegado es el mensaje que se nos quería transmitir.

No tenemos el cien por cien del control sobre lo que pasa en nuestras relaciones; al final se trata de responsabilidades compartidas, y la nuestra llega a lo que sale de uno mismo: nuestras palabras, actos, esfuerzos, errores. Es por ello que, cuando hablamos de discutir, remar hacia la misma dirección es fundamental. Así que te animo a compartir este artículo con aquella persona con la que quieras aprender a comunicarte, no solo cuando todo vaya bien, sino cuando los conflictos llamen a la puerta.



No hay realidades objetivas,

ni verdades absolutas,

solo mentes creando explicaciones

que les ayuden a entender el mundo.



Carla Barros, psicóloga de PSICARA y coordinadora de Atención Psicológica


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