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EN EL FOCO DE LA ESPIRAL, ¿INDIVIDUO O FAMILIA? EL ADOLESCENTE Y LA RELACIÓN CON EL SISTEMA

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. ¿Alguna vez has maldecido la adolescencia? ¿en algún momento has deseado que tu hijo o hija diese un salto en el tiempo de los 12 a los 22 años para prescindir de 10 años de adolescencia en estado puro? Esta semana vamos a desgranar por qué esta etapa vital nos saca de quicio, a veces, con tanta facilidad y qué hacer en tal caso.


A menudo, el cambio de etapa que supone entrar en la adolescencia conlleva, no solo las alteraciones físicas y psicológicas asociadas a este momento (sí, sí, las que todos conocemos: acné, aparición del vello púbico, desarrollo de los senos en las chicas, choque de emociones contrastadas, etc.). También se puede ver seriamente afectada toda la estructura familiar.


Quizá nos preguntemos: ¿cómo los cambios experimentados por UNA persona podrían alterar la relación de DOS, TRES o incluso MÁS miembros de la familia? Pues sí, esto puede ocurrir. La explicación viene dada por los intensos vínculos que se generan en las relaciones familiares, haciendo que nos comportemos como un sistema en el que todos dependemos de todos (y no como meros individuos que no tienen nada que ver entre sí).


Muchos de los lectores habréis comprobado que, progresivamente, nuestros “teenagers” buscan adquirir un rol más activo en la familia. Con frecuencia muestran su deseo de ser escuchados, reconocidos y valorados. Al mismo tiempo, los vínculos que generan con los amigos de la infancia, los nuevos compañeros de clase u otros colegas se acrecientan tanto en tiempo como en intensidad.


Por si todo esto fuera poco, debemos recordar que estamos hablando de personitas cuya identidad se encuentra en plena ebullición. Esto quiere decir que, en ocasiones, podrán verse envueltos en situaciones de riesgo donde busquen reafirmar su identidad, sobre todo, con el resto de “teens” (fenómeno que en Psicología se conoce como “presión social”). Entre estas conductas de riesgo se encuentran los primeros acercamientos sexuales, muchas veces sin la protección requerida; la búsqueda de experimentar sensaciones nuevas, por ejemplo, a través de sustancias; o el gusto por comprobar hasta qué punto existen consecuencias cuando uno traspasa el límite de lo prohibido.


Normalmente, esto es vivido por las familias con un nivel de estrés elevado. En este punto pueden surgir importantes reestructuraciones del sistema familiar fruto de la sensación de no poder “frenar” dichos riesgos o peligros para nuestros jóvenes. Por supuesto, esto no es un patrón que se cumpla con exactitud en todos los hogares, sin embargo, conviene conocer las tendencias que se han estudiado hasta el momento para poder prevenir futuras complicaciones.


Gonzalo Musitu, catedrático de Psicología Social de la Familia, describe en diferentes trabajos la organización y el funcionamiento del sistema familiar. Resalta, con gran ímpetu, el papel que juega la comunicación en los hogares, colocando esta variable como uno de los recursos más influyentes en el clima familiar. Se ha demostrado que la expresión abierta de emociones y opiniones se relaciona con un mejor ajuste psicológico de los hijos, mientras que la comunicación ofensiva o las interacciones hirientes podrían dar lugar con mayor probabilidad a síntomas depresivos y problemas de comportamiento en los más jóvenes.


Y si no, reflexionemos. ¿Cómo pedir a nuestro hijo adolescente que cuente con la seguridad necesaria para hablar de sus preocupaciones y conflictos, si nosotros, como adultos, no creamos esos espacios? ¿Si no hacemos de modelo para ellos, cómo garantizar una adecuada gestión emocional, donde se puedan expresar libres de juicios?

Sin perder la autoridad que acompaña al adulto y sabiendo bien cuáles son las funciones asociadas a cada rol, debemos colaborar en la creación de una comunicación basada en el libre intercambio de información, la comprensión y la satisfacción experimentada tras la interacción.


Así lo afirmó Ortega y Gasset, “yo soy yo y mis circunstancias” y, desde luego, las “circunstancias” más directas que nos acompañan desde la infancia y la adolescencia, el contexto donde aprendemos a desenvolvernos con el mundo y el lugar donde comenzamos a crear una imagen de nosotros mismos, es el seno familiar. Protejamos y apoyemos a los adolescentes en la creación de una imagen sana de sí mismos y del mundo, fomentando lazos de comunicación que nos permitan, a todos, sentirnos seguros dentro de la familia.



Berta Maté Calvo, psicóloga de PSICARA

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