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HABITUALMENTE

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la psicología. El artículo de hoy está escrito con el fin de crear un espacio para conocer e indagar sobre el papel que los hábitos tienen en nuestra vida.


Cada día me encuentro con más personas que se sienten inmersas en una sensación de malestar en forma de “vacío existencial”. Nuestro bienestar psicológico se está viendo mermado causándonos una especie de “estado depresivo” que cada vez se encuentra con mayor frecuencia en nuestra sociedad. Pero, ¿por qué? ¿a qué se debe este aumento de malestar general?

Bueno, aquí la pregunta podría extenderse varios artículos más, explicando cada una de las posibles causas que lo pueden generar. Pero hoy me centraré en algo que comparten de forma característica la mayoría de personas en esta situación, los hábitos.


Antes de entrar de lleno en este tema, conviene aclarar la diferencia entre éstos y las rutinas, dos conceptos que, normalmente, se suelen usar como sinónimos y cuando nos paramos a pensar en sus definiciones no resulta tan sencillo diferenciarlos.


Es común encontrar distintas visiones de estos términos en la literatura actual. Aquí, entenderemos el hábito como el modo de actuar aprendido; y hablaremos de rutina como la actividad que realizamos de forma regular, más o menos automática. Por lo tanto, el hábito sería el proceso que nos llevaría al resultado, la rutina.

Este resultado, al darse mayormente de forma automática, nos permite producir una respuesta rápida, efectiva y eficiente. Sin lugar a dudas, la automatización de las rutinas son necesarias para nuestro ahorro de carga cognitiva. Sin embargo, podemos caer en el peligro de robotizar en exceso nuestras acciones, perdiendo la consciencia de lo que tenemos entre manos y olvidando para qué estamos haciendo lo que hacemos. Por lo que es conveniente hacer un chequeo de vez en cuando, sin pretender desterrar totalmente la rutina de nuestras vidas, sino más bien seleccionar y utilizar los automatismos para lo estrictamente necesario, tratando de prestar atención para no vivir todas nuestras experiencias funcionando con el piloto automático.


Una vez aclarada la diferencia, nos centraremos ahora en los hábitos que impregnan y definen nuestra vida.


Una de las pautas recomendadas que más presente estaba en boca de los profesionales de la Psicología durante el confinamiento de 2020 era la importancia de continuar, restablecer y adaptar nuestras rutinas y hábitos a la situación que estábamos viviendo. No dejarnos llevar por la marea del día a día en casa sin fin ni objetivo, pues esto podría socavar nuestra salud mental.

Ahora, extendamos esto al plano real, a la vida cotidiana que solemos vivir en unas circunstancias normales, sin un confinamiento de por medio.


¿Y a qué se debe tanta importancia? Bien, te lo explicaré a continuación.


Los hábitos y las rutinas contribuyen a la creación de un ambiente seguro. Esta importancia reluce más claramente en el caso de la infancia. El hecho de que el niño/a sepa qué puede hacer, qué hará, el cómo y el cuándo ayudará a la creación de ese entorno seguro y estable, fomentando a su vez sentimientos de seguridad y, por lo tanto, creando una imagen propia favorable. La adquisición de hábitos saludables en la infancia hará personas más seguras y con mayor grado de autonomía en la edad adulta. Todos estos hábitos que se consiguen en estos años se convertirán en un valioso recurso de identidad.


Del mismo modo que un niño/a requiere de unos hábitos adecuados para su óptimo desarrollo, los adultos los necesitan para dar orden, satisfacción y significado a su vida.


Todos, en algún momento, es probable que nos hayamos encontrado con alguna circunstancia vital que nos generase un sentimiento de apatía o desmotivación, entre muchos otros. Aquel momento en el que acabas la carrera o el máster y tu vida deja de estar pautada, se acabaron las instrucciones; cuando llevas mucho tiempo de aquí para allá, sin rumbo ni destino; el momento en el que vuelves a casa después de una gran temporada fuera; cuando todo se empieza a descontrolar, te sientes desbordado y no sabes para qué ni por qué haces lo que haces en tu día a día; etc. ¿Qué tienen en común todas estas situaciones en relación con lo que hoy venimos a tratar?

Efectivamente, en ese momento tu persona se desorienta, como le pasó a Hansel y Gretel en mitad del bosque, y el camino se hace difuso y no sabes por dónde ir, así que vas a la deriva.


Es normal que, de vez en cuando, perdamos la orientación de nuestro camino, y está bien, pues si no, no sería un camino libre y autónomo. El problema viene cuando no buscamos y actuamos ante esa situación, sin un intento por reorientarnos y dirigirnos hacia nuestro destino, perdiéndonos en las zarzas del camino que nos atraparán para quedarnos, y cada vez, se necesitará más esfuerzo por salir de ahí, entrando en un círculo vicioso que no recomiendo.


Victor Frankl hablaba de sentido de la vida como un concepto que no se sitúa tanto en el análisis intelectual de la existencia sino en el plano del comportamiento; es algo cercano, concreto: es más «una cuestión de hecho que de fe». Recogiendo las palabras del autor: Consideremos ahora qué podemos hacer cuando el paciente pregunta cuál es el sentido de la vida. Dudo que haya algún médico que pueda responder a esta pregunta con nociones generales, pues el sentido de la vida difiere de un hombre a otro, de un día a otro y de una hora a otra. Por tanto, lo que importa no son las formulaciones abstractas, sino el sentido concreto de la vida de un individuo en un momento dado. Plantear la cuestión en términos generales equivale a la pregunta que se le hizo a un campeón de ajedrez: «Dígame, maestro, ¿cuál es la mejor jugada de ajedrez?». Sencillamente, no hay contestación posible; nunca se dará una buena jugada, o la mejor jugada, sin la referencia a una determinada partida y a la personalidad del oponente. Así ocurre con la existencia humana; no deberíamos buscar un sentido abstracto a la vida, pues cada uno tiene una misión o un cometido que cumplir. Por tanto, no puede ser reemplazado en su función, ni su vida puede repetirse: su tarea es única como es única la oportunidad de realizarla.


El ser humano necesita rutinas, necesita hábitos dirigidos por un objetivo y una meta en la que enfocarse, el ser humano necesita dar sentido a su vida. Y cuando esto tambalea, la sensación de “vacío existencial” que se comentaba al inicio llega a nuestras vidas.


No precisamos tener unos hábitos dirigidos a grandes y utópicos objetivos vitales, a veces (muy a menudo), los momentos más increíbles nos acompañan en nuestro día a día, sin apenas darnos cuenta.


En ocasiones, esos hábitos caducarán y dejarán de ser motivantes y significativos para nuestra persona, es entonces cuando tendremos que hacer una renovación de ellos. Los objetivos irán cambiando, a la vez que tú también lo harás, la clave está en decidir por qué camino sigo mi viaje y tener un motivo para ello. Tan importante es hacerlo como saber por qué lo haces pues, si no sabes a dónde navegas, ningún viento es favorable.



“Somos lo que hacemos día a día, de modo que la excelencia no es un acto, es un hábito” (Aristóteles)



Beatriz Gonzalvo Iranzo, psicóloga de PSICARA

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