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¿HAY UN AMIGO/A EN MÍ?

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. Esta semana os vamos a hablar de algo que os podéis imaginar, o no, o… Bueno precisamente de eso: la imaginación, y más específicamente, las amigas o amigos imaginarios.


Muy probablemente al leerlo os hayan venido a la cabeza ciertas características de este fenómeno, pero… ¿qué es exactamente? Si optamos por definirlo de forma técnica, se describe como personajes invisibles u objetos personificados (por ejemplo, un peluche) con los que se conversa e interactúa. Es por ello que en el resto del artículo lo nombraremos como “personajes imaginarios”.


Retomando esas ideas previas que algunas personas habréis activado, es común pensar que los personajes imaginarios únicamente se dan en la infancia; y algo de razón tenéis. Los procesos de monitoreo de realidad (distinguir que es real de lo que no) y la teoría de la mente se relacionan con esta experiencia, pero esta teoría tiene su mayor influencia en la infancia. ¿Cómo? ¿No recordáis qué es la teoría de la mente? En nuestra web podéis refrescar la memoria con el artículo antiguo “Pensar sobre el pensar: teoría de la mente”, pero no os preocupéis que os dejamos por aquí un resumen. La teoría de la mente es la habilidad cognitiva para predecir y comprender la conducta, los pensamientos, intenciones, conocimientos, sentimientos y creencias; es decir, los estados mentales de otras personas y de nosotros mismos. Como os podéis imaginar, por tanto, no es algo que ocurra exclusivamente en este periodo temprano de vida, pero si es más frecuente que en edades más avanzadas. Concretamente, entre un 33% y un 66% de los niños y niñas en edad escolar desarrollan un amigo o amiga imaginaria, frente al 7% que lo desarrolla solamente en edad adulta. Incluso, para más detalle, entre un 13% y un 14% de las personas que informan de personajes imaginarios en su infancia, vuelven a presentarlos en edad adulta; bien sea uno nuevo o manteniendo el que tenían de pequeños o pequeñas.


“¡Uy, pero ese es un porcentaje muy alto! ¿Debo preocuparme de mis hijos/as, nietos/as, sobrinos/as…?” Es normal preocuparse por las y los más pequeños y más si partimos de la idea histórica de que este fenómeno se percibía y se consideraba un indicador de enfermedad mental. Sin embargo, gracias a los avances en estudios que desacreditan esta idea, tenemos buenas noticias: los personajes imaginarios son una parte natural de la infancia de muchos niños y niñas y, de hecho, puede llegar a considerarse una forma muy elaborada de juego simulado. ¡Y ahí no acaba todo! Estudios, tanto antiguos (1969) como más actuales (2011), han relacionado el tener un personaje imaginario en la infancia con cogniciones superiores en varios aspectos: más sociables, más creatividad y mayor capacidad para narrar historias detalladamente. ¡Cuidado! Tampoco queremos que ahora paséis a pensar que si un niño o niña no tiene un personaje imaginario a lo largo de su infancia es mala señal.


“A ver que me aclare, pero… ¿entonces es patológico?” Es cierto, que aquellas personas que en su infancia tuvieron un personaje imaginario y en edad adulta también desarrollan uno, tienen más propensión a desarrollar alucinaciones. Sin embargo, expuesto este dato, hay que hacer dos aclaraciones.


En primer lugar, tener un personaje imaginario no es lo mismo que tener una alucinación: algunos aspectos pueden asemejarse y confundirse, especialmente si hablamos de alucinaciones auditivas e incluso visuales, pero no son equivalentes. La alucinación se define como una experiencia similar a la percepción que ocurre en ausencia de estímulos claros y que tiene el impacto de considerarse real y sin control voluntario por parte de la persona. Así, tanto las alucinaciones como los personajes imaginarios incluyen agentes sociales incorpóreos (por ejemplo, una voz). Las diferencias recaen en que los personajes imaginarios se consideran experimentados de forma “voluntaria”, no “espontáneas” como las alucinaciones. Además, estas últimas, como comentábamos anteriormente, se perciben como más reales.


No obstante, en ocasiones se pueden encontrar que los amigos o amigas imaginarias desarrollan pensamientos, emociones y/o comportamientos ajenos al control de la persona. La “polémica” es que, actualmente, no existe una forma que indique con total certeza que esa “autonomía” del personaje imaginario no es una invención de la propia persona que lo experimenta. Por ejemplo, si “Miguelito” quiere que su personaje imaginario se ponga a jugar con él, pero este opta por jugar por su cuenta, no podemos saber si ha sido el propio Miguel quien ha inventado esa respuesta o ha surgido de manera espontánea. A estas situaciones se les suele denominar “ilusión de agencia independiente”. No olvidemos que la imaginación es muy compleja. Por si no ha quedado claro, os propongo un reto: no penséis en un elefante rosa, no visualicéis sus cuatro patas rosas, su trompa rosa. Un gran “bicho” rosa. Estoy casi seguro que hay muy pocas personas que no hayan pensado en un elefante rosa al leerlo. Esta sería la espontaneidad de la que hablamos.


Además, con los personajes imaginarios suele haber una interacción positiva (por ejemplo, jugar), frente a las alucinaciones que, generalmente, tiene un matiz emocional más desagradable (por ejemplo, te ordenan algo). Finalmente, las alucinaciones pueden percibirse tanto internas (por ejemplo, escuchar una voz en tu cabeza) como externas (por ejemplo, ver una persona inexistente); frente a los amigos o amigas imaginarias que se externalizan para “facilitar” la interacción mutua.


Si recordáis, dijimos que había dos aspectos a aclarar. El segundo es igual, o si cabe incluso más importante: ser propenso a algo no indica una certeza de experimentarlo. ¿Qué queremos decir con esto? Continuando con “Miguelito”, si al llegar a edad adulta vuelve a desarrollar el mismo personaje imaginario (o diferente), esto le hace más propenso a desarrollar alucinaciones; pero entran en juego otros factores. Sin ir más lejos, pensemos en todas las condiciones ambientales que pueden influir en desarrollar un fenómeno o síntoma de cualquier tipo. La dieta, el ejercicio físico o los eventos vitales estresantes serían tres ejemplos de muchos otros. Y si, a pesar de todo ello, Miguel desarrollase alucinaciones, no siempre son indicadoras de psicopatologías ya que también se dan en “población no clínica”. Al fin y al cabo, somos personas y circunstancias.



Alberto Gracia Agudo, psicólogo de PSICARA


Bibliografía


Tahiroglu, D. y Taylor, M. (2019). Anthropomorphism, social understanding, and imaginary companions. British Journal of Developmental Psychology, 37, 284-299.


Fernyhough, C., Watson, A., Bernini, M., Moseley, P. y Alderson-Day, B. (2019). Imaginary companions, inner speech, and auditory verbal hallucinations: What are the relations? Frontiers in Psychology, 10:1665. doi: 10.3389/fpsyg.2019.01665


Senar, Y. (22 de enero de 2020). Pensar sobre el pensar: teoría de la mente. PSICARA. https://www.psicara.com/post/pensar-sobre-el-pensar-teor%C3%ADa-de-la-mente


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