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LA PARADOJA DEL CONTROL

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. 


Sabemos que, cuando sentimos emociones que nos desagradan, movilizamos (muchas veces sin ser conscientes) mecanismos que velan por nuestra supervivencia. Cada persona desarrolla unos mecanismos en base a diferentes aspectos, como su temperamento o los aprendizajes que haya construido a lo largo de su vida. 


Una de estas estrategias que aparece en presencia del malestar psicológico es la tendencia al control. Cuando tratamos de tener todo bajo control, de algún modo, nos resistimos a que determinadas situaciones sigan su curso. Y esto, en el plano emocional, puede suponer un problema.

 

Nuestro organismo en buenas condiciones tiende a la homeóstasis, es decir, busca la regulación y el equilibrio. Si “dejamos sentir” las emociones que aparecen y nuestro funcionamiento es adecuado, las emociones irán fluyendo y cambiando, puesto que no son algo inamovible ni lineal (como la propia vida). En cambio, si somos personas con una elevada tendencia al control, puede que nos dictemos lo que “deberíamos” sentir, como si sentir obedeciera una serie de reglas. Esta propensión a controlar suele asociarse con una forma muy racional de entender el mundo emocional, generando niveles de exigencia, tanto propios como con el resto del mundo, en el que las cosas “son como deben ser”. Tener una visión rígida nos conduce a querer que la vida funcione de una determinada manera y, entonces, nos empeñamos en apretar la correa del perro. Utilizo la metáfora de la correa porque el control sostenido en el tiempo y elevado a su máxima exponencia puede producir ahogo. Incluso puede llegar a provocar el efecto contrario, el descontrol. A medida que intentamos meter más cosas bajo el paragüas del control, más nos daremos cuenta de las fugas que tiene, lo cual puede retroalimentar la necesidad de control, conduciéndonos a un círculo vicioso en el que la cantidad de esfuerzo y energía invertidos son tales, que llega a resultar desgastante y agotador para muchas personas.

 

Algunas veces el control se instaura porque no toleramos la incertidumbre. Habrás escuchado eso de que “el futuro es incierto” y, realmente, es así. No tenemos certezas sobre lo que puede pasar, aunque sí evidencias en el presente que nos van marcando el camino por donde parece que van las cosas. Aquellas personas que creen que anticipar de forma extrema y continua el futuro hará que todo vaya bien, no quieren salirse del guión, algo que la vida no siempre respeta. Es por esta razón que, si se nos presenta una salida del guión, lo mejor es mirar de frente a la incertidumbre, conocerla y poder tolerarla. 

 

Para combatir la incertidumbre, necesitamos seguridad. Un espejismo de seguridad es lo que muchas personas encuentran tras el control. Es una falsa seguridad porque, en realidad, se basa en tener todo lo externo perfectamente colocado, precisamente, lo que se escapa de lo que depende de un individuo. Es por ello que cultivar la sensación interna de seguridad será el desafío a conseguir. Esto es importante porque el desarrollo de mecanismos internos adecuados harán innecesario que tengamos que seguir recurriendo a esta estrategia.


A pesar de las diferencias individuales a tener en cuenta, existen algunas ideas sobre cambios que podrían beneficiarnos. Veamos algunos de ellos:

·  Flexibilidad psicológica: Es posible que hagamos las cosas siempre de la misma manera o que veamos la realidad desde el mismo prisma. Aunque puede generar incomodidad, sobre todo al principio, empezar con pequeñas cosas que nos saquen de nuestra ruta establecida nos ayudará a aprender flexibilidad. Ser flexible, además, conlleva saber (y aceptar) que el dolor también forma parte de la vida.

·  Darle espacio al error: El control, que a veces va de la mano del perfeccionismo, puede estar tapando un miedo intenso a la equivocación. Como seres falibles que somos (es decir, que fallamos), merecemos permitirnos equivocarnos porque a todos, en algún momento, nos pasa. Fallar es una condición humana en la que podemos encontrar unión con otras personas.

·  Relacionarnos con la incertidumbre: Como decíamos antes, las certezas y garantías no son aplicables a la mayor parte de cosas que nos rodean. La incertidumbre es un pasadizo que debemos atravesar, especialmente en momentos de cambio. Intentar vivirla desde la curiosidad, como si de la mirada de un niño se tratase, puede que le dé a la incertidumbre un matiz diferente al que solemos darle. Para poder ponerla en práctica necesitaremos generar situaciones en las que aparezca la improvisación (aunque con moderación, sin asumir riesgos que nos desborden).

·  Relacionarnos con la confusión: Trata de no planificar u organizar qué pensar, decir o sentir. Que la confusión tome las riendas en algún momento puede ser normal. Demos tiempo, dejemos que todo pueda recolocarse. Sentir una amalgama de emociones también forma parte de lo esperable.

·  Cierta irresponsabilidad: Muchas veces, las personas con tendencia al control de manera rígida también suelen experimentar una elevada responsabilidad. Este punto no busca que no nos hagamos cargo de lo que nos corresponde o que les carguemos a los demás con lo que es nuestro, pero sí que podamos colocar mesura a la responsabilidad que nos atribuimos. 

Danna Faulds recoge en uno de sus poemas la esencia de soltar, uno de sus fragmentos dice así:

“Trata de acorralar un rayo

o de dominar un tornado.

Detén a un río y creará un nuevo cauce.

Resiste y la marea te hará caer.

[…]

La única seguridad reside en dejar entrar a todo:

lo salvaje y lo débil; el miedo, las fantasías

los fracasos y el éxito.

[…]

La práctica consiste sencillamente en soportar la verdad”.


 Berta Maté Calvo, psicóloga de PSICARA


Referencias bibliográficas:


Gonzalez, A. (2021). Lo bueno de tener un mal día: Cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor. Ediciones Culturales Paidos S. A. De C. V.



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