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LA PREOCUPACIÓN, ¿DE DÓNDE VIENE Y POR QUÉ SE MANTIENE?

Bienvenidas y bienvenidos al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. Hoy hablamos de la constante alerta que provoca estar siempre preocupado.

Adrian Wells, psicólogo clínico y profesor en la Universidad de Manchester, observó que había un tipo de preocupaciones, las que él llamó preocupaciones tipo 1, que se mantenían en el tiempo debido a la utilidad que les dábamos. Esto hace que, en ocasiones, nos encontremos con personas a las que les gustaría reducir sus preocupaciones, sin embargo, consideran al mismo tiempo que preocuparse es útil: les sirve para algo.

Un ejemplo de esta dinámica la encontraríamos en Juan, quien está tremendamente convencido de que preocuparse por su salud le ayudaría a descubrir los primeros síntomas de una posible enfermedad y tratarla cuanto antes. A su vez, cree que preocuparse por si su hijo cayese enfermo es útil, puesto que le restaría culpabilidad en caso de que así fuera.

A continuación, van a aparecer diferentes utilidades que quizá no te hayas planteado hasta el momento. Te invito a que eches un vistazo y trates de averiguar si te identificas con alguna de ellas. Después aparece una breve discusión con preguntas que invitan a la reflexión de dichas “utilidades de la preocupación”:

1. “Preocuparme me ayuda a resolver problemas. Si me preocupo sobre problemas en mi trabajo, encontraré mejores soluciones”.

Quizá, lo adecuado en esta situación sería preguntarse:


- ¿Realmente solucionas esos problemas o les das vueltas una y otra vez hasta entrar en bucle?

- ¿Los resuelves o te pones más ansioso y eso te hace retrasar la verdadera solución de los mismos?

- ¿Estás confundiendo una preocupación (pensamiento) con una solución (hecho)?

- En comparación con otras personas que no se preocupan tanto ¿solucionas más problemas que ellos?

2. “Preocuparme me protege de las emociones desagradables. Si me preocupo porque mi hijo pueda desarrollar una enfermedad grave, estaré mejor preparado emocionalmente si sucede”.

¿Te has planteado que…:


- Tratando de paliar esa angustia futura ¿no aumentas tus emociones negativas en el momento actual?

- Si realmente ocurriese un evento negativo sobre el que has estado preocupado ¿es cierto que se amortiguaría la tristeza o el dolor que provocase?

3. “Preocuparse es una cualidad de mi personalidad. Que yo lo haga por mis hijos significa que soy una madre buena, pendiente y cuidadora”.

Pregúntate:


  • ¿Hay algo más que muestres que te haga ser una madre buena, pendiente y cuidadora? ¿Preocuparte por tus hijos es la única forma de mostrarlo?

  • ¿Conoces a otros padres que considerarías buenos y cariñosos, pero que no se preocupan excesivamente?

  • ¿Alguna vez un familiar u otro allegado te ha sugerido que preocuparte a ese nivel podría ser más bien un defecto? Por ejemplo, ¿alguna vez te han dicho que les regañas con facilidad o que estás demasiado encima “dando la lata”?

4. El precio de la preocupación.

Con respecto a la supuesta eficacia de preocuparse en exceso…:


- ¿Preocuparte excesivamente sobre un tema ha influido negativamente en tus relaciones (con familiares, amigos, compañeros de trabajo, etc.)? ¿Y en tu rendimiento laboral?

- ¿Tu preocupación excesiva te ha llevado a niveles elevados de estrés, agotamiento o ansiedad?

- ¿Qué ocurre con tu concentración? ¿Cuánto de congruente es esto con que preocuparse es útil?

- ¿Qué sucede con tu estado de ánimo cuando te preocupas?

- ¿Preocupándote obtienes una mejor relación con tus hijos?

Es posible que después de la discusión que acabas de leer, se te haya quedado una sensación de cierta confusión. Como en gran parte de los artículos que escribo, me gusta hablar de “los grises”. Este es el término que utilizo para hacer referencia al equilibrio, al término medio, al “todo en su justa medida”. Utilizo “los grises” como punto medio entre el blanco y el negro.

Preocupacion productiva e improductiva.

En su justa medida, nuevamente, no podemos negar la función que adquiere en nuestras vidas preocuparnos. Simplemente, el hecho de que aparezca la preocupación, quiere decir que en algún momento de nuestro aprendizaje nos sirvió como estrategia de supervivencia y, entonces, quedó seleccionada.

La funcionalidad que pudo tener en un momento concreto del pasado (por ejemplo: había un examen de matemáticas que me preocupaba, eso me hizo ponerme las pilas a la hora de estudiar y saqué un 8) no implica:

(1) Que eso fuera lo único que funcionó. Quizá preocuparme me movilizó, pero, sin ninguna duda, lo realmente efectivo para sacar un 8 fue estudiar el temario a fondo.

(2) Que en el momento presente, donde los retos y dificultades son diferentes y donde yo he podido adquirir herramientas de gestión nuevas y más elaboradas, tenga que seguir utilizando las mismas.

Por lo tanto, un buen indicativo para encontrar nuestro “gris” con la preocupación sería reconocer si esta es excesiva (aparece muchas veces, con diversos temas, sobre problemas hipotéticos que no existen y a una intensidad muy alta) o disfuncional (me bloquea o aleja de aquello que me había propuesto o las desventajas que me genera son considerables con respecto a las ganancias).

¿Cómo hacer un trabajo personal que me ayude a descender el ruido que generan estas preocupaciones en mi cabeza?

La tolerancia a la incertidumbre.

Si la preocupación y la ansiedad aparecen por una intolerancia a la incertidumbre, por no saber qué pasará, hay dos posibles soluciones: aumentar la certeza o aumentar la tolerancia. La primera no funciona porque la incertidumbre es inevitable, la vida está repleta de aspectos inciertos. Por lo tanto, la solución radica en aumentar la tolerancia.

La manera de aumentar nuestra capacidad de afrontar algo, en este caso la incertidumbre, consiste en exponernos poco a poco a aquello que tememos.

A medida que vamos entrando en contacto con la incertidumbre, que toleramos mejor el “qué pasará” o que vamos soportando la incomodidad provocada por el “no saber”, se pondrá en marcha un proceso de habituación en el que los niveles de ansiedad bajarán.

Al mismo tiempo, cada persona puede descubrir otras (y, seguramente, mejores) alternativas a la preocupación, como podrían serlo la resolución de problemas o el cambio de enfoque a la hora de interpretar un problema, quizá como un reto, desafío u oportunidad.

Por otra parte, para ocupar el tiempo dedicado a las excesivas preocupaciones, puedes replantearte en qué decidirías invertir ese espacio (por ejemplo, hacer más actividades con las personas que son importantes para ti, retomar una antigua afición o llevar a cabo una nueva).

Para finalizar, me gustaría rescatar unos versos de Jaime Sabines, que reflejan la alerta que puede provocar estar siempre enfocado en el “qué pasará”. Dice así:


PREOCUPACIÓN DE JOB


De pronto, me siento perseguido por la buena suerte. Todo me sale bien. Disfruto de salud, de amor y de dinero. ¿Qué hice?, ¿qué debo hacer para merecerlo?

¿Es una más de tus pruebas, Dios mío?


Berta Maté Calvo, psicóloga de PSICARA


Bibliografia

Adaptado y ampliado de Dugas y Robichaud (2007) Preguntas para desafiar las creencias de que las preocupaciones son útiles (pp. 131-132).

Bados López, A. (2006). Trastorno de ansiedad generalizada: naturaleza, evaluación y tratamiento.

Pareja, M. Á. V. y Moreno, M. I. C. (2012). Lecciones de terapia de conducta. Dykinson.

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