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NOSOTROS, LOS DE ENTONCES, YA NO SOMOS LOS MISMOS (Pablo Neruda)

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. Hoy abrimos la puerta a un fenómeno más común de lo que a priori podemos pensar, el trauma. Con este artículo, se pretende crear un espacio de conocimiento acerca de las consecuencias psicológicas que las experiencias traumáticas pueden generarnos pero también, como decía Viktor Frankl, a nuestra libertad de elegir lo que hacemos con ellas.

María sufre continuamente dolencias y enfermedades, la visita a los médicos es semanal, en ocasiones reclama que siente ansiedad y no sabe qué hacer con ella. Ángela está cansada constantemente, desde que se levanta hasta que se acuesta, dedica la mayor parte del día a trabajar, y al llegar a casa, apenas cena y se acuesta para el siguiente día volver a comenzar. Clara tiene a menudo dolores de cabeza, los médicos le dicen que son tensionales, sin embargo, a ella no le encaja porque no los relaciona con ninguna situación estresante o que le preocupe. Marcos se siente muy débil últimamente, lleva una temporada que apenas puede subir las escaleras de casa porque declara que no tiene energía, le cuesta sentir placer por aquellas cosas que antes disfrutaba como salir al campo y comer con la familia. Celeste y Juan, en ocasiones, pierden el control y cuesta reconocerlos, no es que destaquen por mal carácter, pero a veces reaccionan ante determinadas cosas como una bomba de relojería. Ainhoa se hace cortes en los brazos intentando sustituir ese dolor por otros más dolorosos todavía, en otras ocasiones recurre a la comida y come hasta conseguir evadirse del dolor interno que le consume. David presenta ciertos problemas con su memoria, no recuerda gran parte de su infancia y, en ocasiones, se siente desconectado del mundo y de sí mismo, como si todo fuera un sueño. A Luis le acaban de dar el alta, hace dos semanas realizó su quinto intento de suicidio. Tania sufre depresiones regularmente, desde siempre ha tendido a presentar una visión negativa, pesimista, con una autoestima que destaca por su ausencia, vive con una visión del mundo en constante peligro y su nivel de ansiedad se eleva con facilidad. Daniel vive en un malestar constante, recuerdos desgarradores le acompañan en su día a día, reviviendo continuamente lo que ya no está.


Todas estas personas están viviendo realidades aparentemente muy diferentes (y difíciles), pero si nos adentramos en la comprensión y engranaje de sus vidas, hay algo común en todas ellas, un pasado todavía más doloroso. Posiblemente, hayan sido diagnosticadas de diversas patologías por un profesional de la salud física o mental. Pero hay algo en ellas que no termina de encajar y el malestar resurge reiteradamente, una herida internaderivada de vivir experiencias traumáticas de forma prolongada en edades más tempranas.


Cada uno de ellos ha reaccionado ante lo que les ha ocurrido de manera muy variada, han aprendido a regular sus emociones de la mejor o única manera que han sabido, para sobrevivir. Algunos, como Clara y David, se han desconectado tanto de sus emociones que ya no las perciben. Otros, como Tania, Daniel o Ainhoa, viven desbordados por las suyas. Ambos extremos son un problema, pues no consiguen comprender, acoger y regular sus estados emocionales para poder funcionar mejor en sus vidas, en sus relaciones, tanto con las personas que les rodean como consigo mismos, saliendo adelante en un modo de supervivencia que les permite continuar viviendo pero a costa del placer de vivir en sí mismo.


Hay una inmensa cantidad de personas que viven en una continua lucha por salir adelante, por seguir a pesar de todo ese malestar que les invade y del que no encuentran explicación, sin ser conscientes de las vivencias traumáticas que hay detrás y que siguen influyendo profundamente en su relación consigo mismas, con los demás y con el mundo.

Las experiencias traumáticas no son exclusivas de las personas que viven una guerra, una catástrofe natural o un hecho destacadamente dañino. Las investigaciones revelan que las experiencias vitales traumáticasdurante la infancia y la adolescencia principalmente, son mucho más comunes de lo que cabría esperar. En consonancia con esto, en los últimos años ha ido cobrando importancia el estudio del impacto que puede tener en la persona una infancia de abusos, negligencia, violencia o carente de interés y amor por parte de los cuidadores. Así como los hechos desencadenados a una edad más avanzada, los que se generan principalmente dentro de las relaciones afectivas. Esto son otro tipo de guerras, normalmente con bombas que no se oyen y heridas que no se ven, pero con unas consecuencias que pueden llegar a ser devastadoras para la persona.


El cuadro clínico que engloba a estas personas se conoce con el nombre de Trauma Complejo. Un término relativamente reciente que comprende aquellos eventos traumáticos de naturaleza interpersonal habitualmente prolongados en el tiempo y potencialmente dañinos a nivel psicológico.

Es indudable la asombrosa capacidad del ser humano para adaptarse y sobrevivir a las adversidades que se presentan en la vida. Pero hay algo que nos diferencia del resto de especies, somos animales sociales. La forma en la que vemos y afrontamos el mundo está directamente relacionada con nuestras relaciones interpersonales. Desde que nacemos, somos seres dependientes de nuestros cuidadores, establecemos vínculos de apego para crecer y protegernos del entorno, para desarrollarnos emocional y físicamente, para sobrevivir. Evolutivamente, esto nos ha permitido conseguir altos niveles de funcionamiento pero, nuestra mayor fortaleza es también nuestra mayor vulnerabilidad, y esto explica que la mayor fuente de traumatización sea otro ser humano. Como seres sociales que somos, crecemos siendo parte de un equipo de humanos en el que nos sentimos seguros y protegidos, conformando un hogar donde se supone que la persona tiene un refugiofrente al mundo, tanto en la infancia como en la vida adulta. Y la amenaza o el daño que pueda venir de fuera de esos vínculos forma parte de lo concebible, pero ¿qué pasa cuando son nuestros cuidadores, el equipo del que formamos parte y en el que hemos depositado nuestra confianza y vulnerabilidad, el que nos hace daño? Esto se sale de la programación que la evolución ha dejado en nuestro cerebro, y algo dentro de nosotros se hace añicos.


No cabe duda de la inherente capacidad de resiliencia que habita en el ser humano, prueba de ello nuestra adaptación y recuperación de repetidas guerras, desastres naturales o intensas pandemias. Pero las experiencias traumáticas dejan huella, y esta huella penetra de una forma colosal tanto en nuestro entorno (familia, historia, cultura, hogar) como dentro de nosotros (en nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestras emociones) mermando, entre otras cosas, nuestra capacidad de disfrutar, de mantener relaciones afectivas, de tener un óptimo sistema inmunológico y, en definitiva, de vivir.

Si no nos detenemos intencionadamente a observar y curar nuestras heridas, estas continuarán abiertas, y el dolor se enquistará cada vez más. Nuestros sistemas de protección continuarán bloqueados, reaccionando rígidamente a las situaciones. Nuestro cuerpo seguirá en estado de alerta constante, pues no ha integrado la noticia de que el peligro ya ha pasado. Quizás, la anestesia emocional con la que hemos aprendido a protegernos del dolor nos engañará pensando que lo tenemos superado o que no era para tanto. O quizás pensemos que realizar todo ese trabajo, removiendo emociones y sensaciones que teníamos enterradas y que nos generan mucho dolor puede suponer un sufrimiento innecesario o excesivamente costoso. Pero no hacerlo implica saber que en el jardín de nuestra casa se esconde una mina antipersona que mata o incapacita a su víctima. Quizás recurras a la creencia de que será suficiente con esquivar la zona donde está enterrada, pero un día, es posible que tropieces y la pises. Y si no lo haces, aún así tendrás que asumir el precio de mantenerlo, a costa de tu salud, paz y vida, de no poder disfrutar de un jardín que en cualquier momento puede explotar.

Con la ayuda de un profesional especializado, es posible desminar tu jardín, revisar tu historia y empezar a asumirla para mirarla sin que te invada el dolor y condicione tu vida actual y tu futuro. Empezando a ser consciente de que habrás aprendido de ella, sin que te mantenga atrapado. Liberándote de tu pasado para poder sentirte en el presente. Para poder sentir que tu futuro está abierto y que eres libre. Habrás recuperado tu espontaneidad y creatividad, tu capacidad de sentir placer. Tus ganas de vivir.

Si no conocemos nuestra propia historia, simplemente padeceremos los mismos errores, los mismos sacrificios, los mismos absurdos una y otra vez. Aleksandr Solzhenitsyn

Beatriz Gonzalvo Iranzo, psicóloga de PSICARA especializada en Trauma y Apego, y coordinadora de la sección PsicoYoga y Meditación

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