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UNA MOCHILA, PIEDRAS SUCIAS Y RECUERDOS A LOS QUE PREFERIMOS NO MIRAR

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. Esta vez, nos sumergiremos en el miedo y los recuerdos.

Vamos a comenzar aclarando cuáles son las diferencias entre dos conceptos que, a veces, utilizamos indistintamente: el miedo y la ansiedad. Ambas comparten la molesta sensación de intranquilidad y el augurio terrible de algo, por lo que se parecen, pero no son iguales.

Cuando la amenaza es real y existe en el presente, la emoción se llama miedo. Este es repentino, intenso, pero pasajero. Por ejemplo, ves una tarántula y el miedo se apodera de ti o estás cruzando un paso de cebra y de repente un coche acelera y te pasa a escasos centímetros. En dichas situaciones, el miedo puede inundarnos.

Cuando la amenaza o el peligro se proyectan en el futuro, lo conocemos como ansiedad. Por ejemplo, algo más vago y lejano, como pensar en que un familiar podría tener un accidente de tráfico o no querer subir en el ascensor de tu edificio por si falla el mecanismo.

La activación del miedo y la ansiedad es automática, nuestro sistema se encarga de hacerlo. No tenemos un control voluntario sobre la aparición de estos estados. Si estando delante de una tarántula grande y peluda no sintiéramos miedo, quedaríamos desprotegidos y tocarla podría hacer que nos envenenásemos. Si lográsemos salir ilesos de esa situación (lo cual sería bastante improbable), y no apareciera cierta ansiedad (“¿y si me vuelvo a encontrar otra tarántula?”), no habríamos aprendido nada para futuras ocasiones y repetiríamos el mismo error, en lugar de tomar precauciones.

Sin embargo, este mecanismo automático que existe con la finalidad de garantizar nuestra supervivencia, puede convertirse, en el caso de muchas personas, en una fuente de angustia permanente en la que quedan atrapadas.

El miedo a lo que ya fue

Es posible experimentar miedo al pasado. Si tuvimos que pasar por un momento emocionalmente desbordante (y cuando digo desbordante, me refiero a que lo sucedido arrasó con nuestras estrategias, herramientas y capacidades, y nos dejó en un estado de extrema fragilidad) puede que no sea fácil recordar lo acontecido.

De hecho, cuando una persona consigue salir de un nivel tan alto de sufrimiento, es hasta comprensible que no quiera volver ni a rozar esa experiencia. Algunas personas creen que recordar lo que pasó, ya sea en su mente o charlando con un amigo, supone volver a revivir esa situación. Es por ello que tratan de suprimir a toda costa ese recuerdo.

Pero hay una cosa que no saben. Invertir mucho esfuerzo (tiempo, energía mental, empeño, etc.) en negar algo que ocurrió o rechazarlo, como si “conmigo no fuera la cosa”, no nos ayuda a poder superarlo.

Es necesario que sepamos que los recuerdos, incluidos aquellos que más nos angustian, son recuerdos. Y pertenecen al pasado. Mirarlos de frente, hablar sobre ellos, darles un espacio (aunque sea reducido), puede liberarnos.

Seguro que alguna vez has escuchado eso de que “todos cargamos con una mochila llena de piedras”. La sabiduría popular a veces acierta y deja al descubierto reflexiones muy interesantes. Imaginemos que sí, que todos tenemos nuestra propia mochila en la que vamos metiendo las experiencias que vivimos. Esas experiencias serán las piedras.


Habrá personas que no quieran introducir determinadas piedras con las que se crucen en el camino, quizá por ser demasiado pesadas, y las tirarán al suelo tratando de desprenderse de ellas. No tardarán mucho tiempo en darse cuenta de que, si no las meten en la mochila, siempre estarán entorpeciendo su andadura. ¡Y además se harán daño en los pies!

Habrá otras personas que metan las piedras sin mirar mucho y sin pensarlo demasiado. Pum, directamente. Llenas de musgo, arenilla y barro. El problema de estas es que pueden dar mal olor y ensuciar el resto de la mochila.

En último lugar, estarán aquellos que se detengan y, aunque también piensen que la piedra es pesada de cargar, se tomen un tiempo para limpiarla, pulirla y tallarla para que sea lo más ligera posible. De esta manera, la piedra queda bien integrada en la mochila, como una vivencia más.

Los recuerdos son como las piedras, ocurrieron en el pasado y es importante hacerles un hueco en nuestro bagaje. Evidentemente, no buscamos aferrarnos a ellos, simplemente no luchar en su contra. Cedámosles un espacio, aunque sean dolorosos.

El dolor, si lo dejas sentir, sana. Si intentas eliminarlo, paradójicamente, te atrapa.

Finalmente, cuando “trabajamos” nuestras piedras, conseguimos gestionar los recuerdos que nos acompañan. A veces este proceso se da en soledad, otras en compañía de alguien importante y otras, con ayuda de un psicólogo que guíe. En cualquier caso, desde ahí podremos observar el recuerdo con distancia. No como si no fuera grave o importante, pero sí lejano. Es entonces cuando estaremos preparados para dejarlo atrás y lentamente irá perdiendo fuerza. Quedará integrado en nuestra mochila.



Berta Maté Calvo, psicóloga de PSICARA


Referencias bibliográficas:


Brantley, J. (2021). Calmar la ansiedad. Planeta.

Gonzalez, A. (2023). ¿Por dónde se sale?. Planeta.


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