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VIVIR CON AMOR

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. Hoy abrimos la puerta a una de nuestras necesidades más básicas: el amor.

En el afán de hoy en día por “encontrar la felicidad” y el antídoto para “estar bien”, a veces no es difícil caer en la trampa del individualismo extremo o la sobrepasada autosuficiencia aparente ya mencionados en artículo anteriores, sumado a la prisa con la que vivimos constantemente. Por ello, hoy dedicamos este espacio a dar voz a la antítesis de esta trampa que a veces nos “enferma”: el amor.

Nos encontramos en un momento social donde la tendencia predominante en el ser humano nos lleva a transformarnos en un “artículo”, produciendo el máximo de beneficios posibles en las condiciones que imperan en el mercado. Y, por lo tanto, las relaciones humanas corren el riesgo de convertirse esencialmente en tratos autómatas, en los que cada uno basa su seguridad en mantenerse cerca del rebaño y no diferir en exceso del pensamiento, sentimiento o acción del resto. Pero, paradójicamente, al mismo tiempo, permanecen tremendamente solos, invadidos por el profundo sentimiento de inseguridad, de angustia y de culpa que surge de esa realidad. Invadidos por una falta de, entre otras cosas, amor.


Cuando se habla de amor solemos caer en la limitación de entenderlo únicamente como amor romántico o exclusivamente el sentimiento originado hacia tu pareja. Y nada más alejado de la realidad. El concepto de amor en sí mismo engloba algo infinitamente mayor. Es un concepto que comprende la relación con nosotros mismos, con el mundo y, por supuesto, con los seres que comparten nuestra vida.


La forma de ofrecer amor viene intrínsecamente relacionada con los vínculos afectivos que hayamos tenido a lo largo de nuestra vida y, por supuesto, nuestras figuras de apego. De la misma manera que aprendemos a relacionarnos con el mundo (y con nosotros) a raíz de cómo se relacionaron con nosotros, aprendemos a cuidarnos y, por lo tanto, entregar amor, en función de cómo nos cuidaron. Si desde la infancia tuvimos la suerte de crecer y desarrollarnos en un entorno seguro y afectivamente óptimo, seguramente nos podamos relacionar con el mundo desde una perspectiva sana y segura, podremos entregar amor, porque lo recibimos. Pero a veces esta situación es más bien la excepción en lugar de la norma. Y toca aprenderlo en la adultez, cuando las riendas dependen de nosotros y podemos hacer las mejoras que consideremos.


Desde el ámbito de la Psicología, podemos entender lo que venimos tratando a través de la Teoría Polivagal. Esta teoría considera al sistema nervioso autónomo como la base sobre la cual se construye nuestra experiencia vivida. Divide al sistema nervioso en distintas vías que dan explicación a los diversos estados psicofisiológicos por los que podemos transitar. Cuando nos sentimos en un entorno seguro, nos encontramos conectados, tranquilos y sociables, estamos firmemente arraigados en nuestra vía vagal ventral. En cambio, una sensación de peligro podría provocar que salgamos de ese estado y retrocedamos en la línea temporal evolutiva hacia la rama simpática, preparándonos para responder y actuar. En este punto podemos, a través de nuestra regulación, regresar al estado seguro y sociable. Pero cuando sentimos que estamos atrapados y que no hay salida, que no hay posibilidad de poder escapar del peligro, la vía vagal dorsal entra en juego y nos empuja de vuelta a nuestros comienzos evolutivos, inmovilizándonos por completo. Nos apagamos para sobrevivir. A partir de aquí nos espera un largo y doloroso camino hasta volver a sentirnos seguros y sociables.


En las relaciones en las que escasean las experiencias de sintonía, nos convertimos en maestros de la supervivencia. Y, por lo contrario, en aquellas situaciones en las que predomina la conexión y seguridad, nuestro sistema nervioso se relaja y podemos vivir más allá de sobrevivir, bajar la guardia y disfrutar de la experiencia vital. En cada una de nuestras relaciones, el sistema nervioso “aprende” sobre el mundo y se dirige hacia hábitos de conexión o de protección. Si a lo largo de nuestra infancia, las experiencias tempranas han dado forma a un sistema nervioso en alerta, seguramente las conductas predominantes serán de supervivencia, totalmente alejadas de una conducta de conexión, de recibir y, por lo tanto, dar amor. Pero la esperanza resurge al descubrir que las experiencias actuales pueden remodelar nuestro sistema nervioso, pudiendo influir en él intencionadamente.


Cuando nos encontramos en la vía vagal ventral, en nuestro estado de seguridad y conexión, nuestro ritmo cardíaco está regulado, nuestra respiración es plena, nos podemos fijar en las caras de las personas importantes y podemos sintonizar con las conversaciones y desconectar de los ruidos que nos distraen. Podemos conectarnos al mundo y a los seres que lo habitan. Se podría describir como un estado de bienestar, en un mundo seguro y tranquilo. Predomina la organización, el orden y los planes, el cuidado a nosotros mismos y a los demás, el juego, la relación con el mundo, el sentirse productivo y tener una sensación general de regulación y gestión. Nuestro corazón está sano, nuestra presión arterial regulada, nuestro sistema inmunológico saludable, lo que nos permite disminuir la vulnerabilidad a las enfermedades, una buena digestión, un sueño de calidad y, en definitiva, una sensación general de bienestar.


Queda en evidencia la importancia de permanecer y regresar cada vez que nuestro estado cambia a este lugar de seguridad y bienestar, y aquí es donde entra en juego la importancia de aprender a amar. Y para ello, evidentemente, necesitamos salir del piloto automático que predomina en la sociedad.


Es fundamental generar un ambiente relacional caracterizado por el afecto, el respeto incondicional y los buenos tratos. Tanto a nivel personal, con tu tribu, tu familia y tu trabajo, como a nivel general, con el panadero, el cajero del súper o tu vecino. Cultivar la compasión, aprendiendo a resonar con la vivencia ajena y actuando en consecuencia es fundamental para un mundo seguro. Para empezar, con uno mismo. La relación que mantenemos con nosotros mismos muchas veces carece de amor y está repleta de juicios, de exigencias y de maltrato. A menudo es preciso realizar un trabajo emocional para llegar a reconciliarnos con quienes somos, para aprender a hablarnos y tratarnos con mayor dulzura y comprensión. Para poder tener una relación más plena contigo, con los demás y con el mundo.


En este punto, los animales, entre otros, son unos grandes maestros. Sigmund Freud ya mencionaba los motivos que nos conducen a querer a un animal con la intensidad que lo hacemos si se atiende a las características de su amor, un afecto sin ambivalencias, liberado de conflictos culturales, juicios y condiciones.


A lo largo de la historia hemos podido percibir la importancia de estar en paz con las personas queridas, sentirse amado y poder expresar afecto, así como perdonar y también ser capaz de poner los límites necesarios. Las relaciones con los demás son espejos que muestran algo de uno mismo.


La palabra azteca “apapacho” significa “abrazar o acariciar con el alma”. El estado vagal ventral de seguridad y conexión trae consigo el potencial de ofrecer y recibir apapacho. ¡El acto de hacer las cosas con amor es bueno para cada uno de nosotros y también para el mundo!

El mundo sería mucho más bonito si trabajáramos en entregar y recibir amor, en cada acción de nuestra vida.


Gracias a los seres que me acompañaron y me acompañan en el camino, que me entregaron su amor y a través de él aprendí a amar. A amarme a mí, al mundo y a la vida. Te invito a reflexionar sobre los tuyos.


Beatriz Gonzalvo Iranzo, psicóloga de PSICARA

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