UN CULTIVO DIARIO: CULTIVAR LA PAREJA O MARCHITAR EN EL INTENTO

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. En esta ocasión, quiero hablar de algo que puede ocupar gran parte del tiempo en nuestro día a día: la pareja.
Vivimos en un mundo que cada vez se mueve más rápido. Las redes sociales, nuestro día a día e incluso nuestros vínculos más cercanos se mueven a una velocidad que a veces resulta vertiginosa. Eso nos puede llevar a preguntarnos, ¿mi pareja también debe moverse a ese ritmo frenético?, ¿es cuestión de suerte que sigamos junto/as?, ¿será el destino?
Si nos imaginamos que nuestra relación es cómo una de esas plantas que tenemos por casa, podemos intuir que no basta con regarla mucho un día y olvidarnos de ella el resto del mes, acompasados por ese ritmo frenético de nuestro día a día. Bien es sabido que, si la olvidamos en una esquina, se acabará marchitando. Sin embargo, si la observas un poquito cada día, la pones al sol de vez en cuando, le quitas las hojas secas, la riegas cuando toca… la planta crece fuerte y sana.
En psicología de parejas, podríamos hablar de “un cultivo diario”. Una relación no se mantiene sola. Necesita atención y tiempo.
Ello me lleva a reflexionar sobre la importancia de hablar sin herir. Ocasionalmente, en pareja podemos confundir la idea de hablar “sin filtros” con la sinceridad, el reproche con la expresión de emociones, poner límites con el distanciamiento y perder con ceder y ser tolerante.
Ser sincero implica decir la verdad con una intención muy clara: ser consciente del impacto de nuestras palabras en el otro. “Hablar sin filtros” o “porque yo soy así”, no es más auténtico, es menos elaborado y requiere menos esfuerzo por nuestra parte. Esforzarse en comunicar es clave.
Expresar emociones implica poner el foco en uno mismo: hablar de lo que siento, lo que necesito o lo que me ocurre desde la responsabilidad individual. Reprochar implica poner el foco en la otra persona: señalar, acusar o juzgar lo que hace y cómo me hace sentir, puede parecer lo mismo, sin embargo, el resultado puede ser muy diferente. Expresar abre el diálogo, reprochar suele cerrarlo.
Poner límites, es cuidado consciente. No busca la lejanía del vínculo sino su protección, definiendo qué es aceptable y qué no. La desconexión emocional, alejarnos para evitar el malestar de manera silenciosa e incierta, tiene que ver con distanciamiento.
Ceder, de nuevo, es una elección consciente en la que uno como individuo decide negociar, tolerar, flexibilizar… a favor del vínculo, sin sentirse anulado o menospreciado. Perder tiene que ver con la idea de que en un conflicto solo puede haber un ganador y un perdedor. La sensación de injusticia, el resentimiento o la distancia generan un malestar innegable que inevitablemente aparecerá en “futuras batallas”. La comunicación no puede ser entendida como una batalla sino desde el equipo y la generosidad.
En este espacio también me parece oportuno hablar de algo que parece resultar evidente pero que no siempre es fácil de obtener: respeto. Es importante no entender el respeto como la ausencia de gritos o insultos. El respeto no es la ausencia de conflicto. Respetar es admirar al otro por quien es, no por quien deseamos que sea.
Como podemos ver, cuidar una relación de pareja, no es tarea fácil. Requiere tiempo, atención y alguna que otra herramienta de gestión interpersonal.
Pequeños gestos como saludar al llegar a casa, preguntar cómo ha ido el día, escuchar, mostrar afecto o cuidar el tono… pueden marcar la diferencia.
Si regamos con un poquito de respeto todos los días, aportamos un buen abono de sinceridad, sembramos expresión emocional y cedemos en algún momento el rincón soleado de la casa… podemos llegar a tener una planta cuidada y resistente, que no sólo esté viva, sino que tenga fuerza para florecer.
Arancha Sánchez, psicóloga de PSICARA.