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Laura Martínez García
abril 8, 2026

CAMBIOS VITALES: LAS VIDAS QUE DEJAMOS ATRÁS

Tiempo de lectura: 3 minutos

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología.

A lo largo de la vida atravesamos distintos cambios y etapas. Algunos llegan de forma buscada y otros aparecen sin haberlos planeado. Aunque cada transición es diferente, todas comparten algo en común, y es que dirigirnos hacia una nueva etapa implica, inevitablemente, dejar algo atrás.

Cuando pensamos en los cambios, solemos centrarnos en lo que viene: lo nuevo, lo que empieza, las oportunidades que se abren. Sin embargo, hay una parte más silenciosa que a menudo pasa desapercibida: todo aquello que ya no continuará. No solo dejamos lugares, rutinas o personas, sino también versiones de nosotras mismas y formas de vivir que, hasta ese momento, formaban parte de nuestra vida.

En estos momentos es habitual que aparezcan distintas emociones, desde ilusión, ganas y entusiasmo, hasta miedo, confusión, tristeza o nostalgia. Incluso cuando el cambio es deseado, puede surgir la sensación de estar perdiendo algo valioso. Lejos de ser una señal de error, esta ambivalencia forma parte natural de cualquier cambio.

A veces, lo que más pesa no es tanto la decisión en sí, sino la idea de las otras vidas posibles que ya no viviremos. La vida en la que nos quedábamos como estábamos, la que elegía otro camino, la que tomaba otro ritmo. Es fácil imaginar que alguna de esas opciones podría haber sido mejor, más sencilla o más completa. Sin embargo, esta comparación suele construirse desde la idealización y tendemos a imaginar versiones sin dificultades, dudas o renuncias.

La realidad es que no existen cambios sin pérdida, ni decisiones sin renuncia. Cada etapa que comienza lleva consigo el cierre de otra. Y, aunque no siempre lo nombremos, esto implica un pequeño proceso de despedida y reconocerlo puede ayudarnos a transitar los cambios con mayor honestidad emocional.

Así, en lugar de intentar evitar la duda o la incomodidad, puede ser de mayor ayuda el entenderlas como compañeras del proceso de cambio. No necesitamos tenerlo todo claro para avanzar, ni sentirnos completamente seguras para dar un paso en dirección hacia el cambio que queremos. Aceptar la presencia del miedo, la incertidumbre o la nostalgia nos puede ayudar a seguir adelante sin quedarnos bloqueadas.

En este proceso, puede resultar clave preguntarnos qué es importante para nosotras en este momento de la vida. No tanto qué opción es perfecta, sino cuál está más en línea con la persona que queremos ser y la vida que queremos construir. Esta pregunta no elimina las renuncias, pero les da un sentido. Así, cuando una decisión está alineada con nuestros valores, no desaparece la renuncia, pero cambia su significado. Ya no es simplemente “lo que pierdo”, sino también “lo que elijo cuidar”. Por ejemplo, elegir mudarse puede implicar alejarse de seres queridos, pero también puede ser un acto de crecimiento o de coherencia personal. Por otro lado, elegir quedarse puede implicar renunciar a otras oportunidades, pero también puede ser una forma de compromiso con lo que ya se ha construido.

Desde esta perspectiva, la pregunta deja de ser “¿y si hubiera elegido mejor?” para transformarse en “¿esta decisión me acerca a la vida que quiero construir?”. No se trata de encontrar la opción perfecta, sino de elegir conscientemente aquello que está en línea con nuestros valores, sabiendo que la incomodidad forma parte del proceso.

Y, aun así, es importante recordar que elegir no nos encierra en un único camino inamovible. La vida sigue siendo flexible, y en muchos momentos tendremos la posibilidad de reajustar, cambiar de dirección o incluso desandar parte del camino. Revisar una decisión, tomar otra distinta o reconocer que algo ya no encaja no es un fracaso, sino también una forma de escucharnos y adaptarnos. A veces, avanzar implica continuar; otras, implica parar, replantear o elegir de nuevo. Y todas esas opciones forman parte de una vida en movimiento.

Elegir una nueva etapa no significa haberse equivocado respecto a la anterior, sino reconocer que nuestras necesidades, prioridades o circunstancias cambian. Mirar atrás puede traer consigo una mezcla de cariño y nostalgia por lo que dejamos, pero también la certeza de que cada etapa, con sus luces y sus sombras, ha contribuido a construir quiénes somos hoy.

Por tanto, quizá no podamos vivir todas las vidas posibles, pero sí podemos habitar plenamente la que elegimos. Y hacerlo con conciencia, con apertura a lo que sentimos y con compromiso hacia lo que nos importa, es lo que convierte una vida, con sus renuncias, en una vida con sentido.

Laura Martínez, Psicóloga sanitaria de PSICARA