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Javier Ibañez Vidal
junio 17, 2026

¿QUIERES AYUDAR A PREVENIR PROBLEMAS DE SALUD MENTAL? PUES CÁLLATE LA BOCA (A VECES)

Tiempo de lectura: 4 minutos

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología.

Quizás el título de este artículo te haya llamado la atención. Si es así, objetivo cumplido. Antes de comprobar si también sería recomendable que tú te «callaras la boca», permíteme que te presente a Pilar.

Pilar tiene 20 años. Le encanta bailar, salir con sus amigas y disfrutar del verano. Sin embargo, arrastra una batalla silenciosa que mucha gente desconoce: una profunda inseguridad con su cuerpo. Con la llegada del calor, todas sus alarmas empiezan a activarse. Cambia la ropa, aparecen los planes de piscina y playa, resurgen conversaciones sobre dietas y cuerpos, y las redes sociales se llenan de imágenes aparentemente perfectas. Escucha comentarios sobre quién ha ganado peso, quién se ha «dejado», quién está «mejor que nunca». Algunas personas incluso opinan sobre su cuerpo. Ha llegado el verano. El momento más esperado para muchas personas y, paradójicamente, uno de los más difíciles para otras muchas.

Cuando el problema no es el cuerpo

Pilar no desarrolló estas inseguridades de la noche a la mañana. Como ocurre con tantas personas, fue creciendo en un entorno donde, de forma más o menos explícita, recibió un mensaje repetido una y otra vez: para ser aceptada, querida o valorada, debía tener determinado aspecto físico. Familiares que comentan cambios de peso, amigos que juzgan cuerpos ajenos, programas de televisión, redes sociales, publicidad o conversaciones aparentemente inofensivas fueron construyendo poco a poco una idea muy peligrosa: que el valor de una persona depende de cómo luce su cuerpo.

Los seres humanos aprendemos constantemente de nuestro entorno. Necesitamos adaptarnos a él para sentirnos seguros y para pertenecer al grupo. El problema aparece cuando aprendemos que nuestro valor personal depende de nuestro aspecto físico. En ese momento comienzan los intentos de supervivencia: controlar la comida, vigilar constantemente el cuerpo, compararse con otras personas, evitar determinadas situaciones o perseguir ideales físicos imposibles. Conductas que, en un primer momento, parecen protegernos, pero que con el tiempo pueden acabar generando un enorme sufrimiento.

Tenemos que colocar al cuerpo en el lugar que le corresponde

Hay una idea que considero especialmente importante: tenemos que colocar al cuerpo en el lugar que le corresponde. Si construimos nuestra valía personal sobre el cuerpo, estamos construyendo sobre una base extremadamente frágil. Primero, porque el cuerpo cambia. Siempre cambia. Con los años, con las experiencias vitales, con las enfermedades, con el estrés o simplemente con el paso del tiempo. Mi compañera Miriam hablaba precisamente de ello en su reciente artículo La talla que éramos: el duelo silencioso por el cambio corporal. Segundo, porque muchas características físicas no dependen completamente de nosotros, y luchar contra aquello que no podemos controlar suele convertirse en una fuente inagotable de frustración. Y tercero, porque nuestro valor como personas debería apoyarse en aspectos mucho más sólidos.

Si me preguntaran qué define el valor de una persona, probablemente respondería que tiene más que ver con cómo trata a los demás, con sus principios, con sus valores y con las acciones que lleva a cabo cada día. Por eso creo que el cuerpo merece ocupar un lugar importante, pero no el de la valía personal. El cuerpo pertenece al ámbito de la salud, no al de la dignidad.

Hay algo que me llama especialmente la atención en consulta. Algunas personas no recuerdan comentarios especialmente hirientes dirigidos hacia ellas. Sin embargo, sí recuerdan perfectamente haber escuchado durante años cómo otras personas hablaban del cuerpo de los demás. Y eso también deja huella. No hace falta que alguien nos señale directamente para que un mensaje nos afecte. Escuchar burlas sobre determinadas características físicas, comentarios despectivos sobre el peso de otras personas o conversaciones en las que se juzga constantemente la apariencia de alguien puede ser suficiente para generar inseguridad.

Mensaje para todo el mundo (especialmente para los hombres)

Muchas pacientes me expresan una idea similar: «Si hablan así de otras mujeres, tengo miedo de que también hablen así de mí». Y tienen razón. Cada comentario sobre el cuerpo de otra persona está siendo escuchado por muchas más personas de las que creemos. Por quienes comparten características físicas similares, por quienes están luchando con inseguridades que desconocemos, por adolescentes que todavía están construyendo su identidad o por personas que conviven con un trastorno de la conducta alimentaria. Las palabras tienen más alcance del que imaginamos.

Quisiera hacer aquí una reflexión especialmente dirigida a los hombres. Desde mi experiencia profesional y personal, he observado con frecuencia cómo determinados grupos masculinos utilizan comentarios sobre el físico de las mujeres como una forma de buscar aprobación dentro del propio grupo. Como si eso nos hiciera más machos a ojos de otros machos. Como si tuviéramos que demostrar constantemente algo ante los demás hombres. Hablar de «las gordas», valorar cuerpos como si fueran productos de un escaparate o ridiculizar determinadas apariencias físicas sigue siendo una práctica demasiado normalizada. Quizás muchas veces no somos conscientes del daño que generamos. Pero lo generamos. Y no solo en la persona sobre la que hablamos, sino también en todas aquellas que están escuchando.

Y aquí suelo lanzar un mensaje que comparto con muchas pacientes: si alguien habla mal de mi cuerpo, probablemente esté diciendo mucho más sobre sus valores como persona que sobre mi propio valor.

Piropos venenosos

Y cuidado, porque no siempre hablamos de comentarios malintencionados. Algunas frases aparentemente positivas pueden reforzar exactamente el mismo problema. Expresiones como «qué guapa estás, estás muy delgada” o «¿has adelgazado? Se te nota muchísimo» suelen pronunciarse con la mejor de las intenciones. Sin embargo, siguen transmitiendo la misma idea de fondo: que el cuerpo es una de las principales fuentes de valor personal.

Cuando los elogios giran constantemente en torno al aspecto físico, muchas personas terminan aprendiendo que para recibir reconocimiento necesitan mantener una determinada apariencia. Sin quererlo, seguimos alimentando la misma trampa. Quizás por eso una de las recomendaciones más sencillas y más útiles sea dejar de comentar los cuerpos ajenos, tanto para criticarlos como para alabarlos.

Te propongo una campaña de prevención de salud mental en la que tú eres importante

A menudo pensamos que la prevención de los problemas de salud mental depende exclusivamente de profesionales. Pero la realidad es que todos participamos, para bien o para mal, en la construcción del entorno psicológico en el que vivimos.

Y quizás una de las campañas de prevención más sencillas que podríamos poner en marcha como sociedad sería esta: dejar de opinar sobre los cuerpos ajenos. No requiere presupuesto. No necesita grandes infraestructuras. No exige formación especializada. Pero podría evitar mucho sufrimiento.

Así que la próxima vez que vayas a opinar sobre el cuerpo de otra persona, detente un segundo. Y con todo el cariño del mundo, quizá sea buen momento para decirte a ti mismo: «cállate la boca».

Porque nunca sabrás quién está librando una batalla con su cuerpo. Y a veces, cuando tienes la oportunidad de hablar sobre él, el gesto más amable que puedes tener es no hacerlo.

Javier Ibáñez, psicólogo de PSICARA