LA RESPONSABILIDAD DE SER REFERENTE: DE LAS GAFAS DE COLORES A LA ESPERANZA DE BORJA IGLESIAS

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología.
Mañana comienza el Mundial masculino de fútbol y millones de personas tendremos los ojos puestos en lo que ocurra durante las próximas semanas. Seguiremos partidos, analizaremos resultados y debatiremos sobre alineaciones. Pero más allá del deporte, hay algo que también estará presente durante toda la competición: los referentes.
Porque los futbolistas son mucho más que deportistas. Son modelos de conducta. Personas que, para bien o para mal, influyen en cómo entendemos el mundo.
Desde que nacemos necesitamos referentes. Son una especie de brújula que nos ayuda a orientarnos en una realidad que todavía no comprendemos. Al principio suelen ser nuestros padres, madres o cuidadores. Más adelante aparecen abuelos/as, hermanos/as mayores, profesores/as y otras personas cercanas. Sin embargo, conforme crecemos, nuestros referentes empiezan a alejarse físicamente de nosotros. Y entonces aparecen los personajes públicos.
Hoy un adolescente puede pasar más tiempo escuchando a creadores de contenido o a futbolistas que a muchos de los adultos que forman parte de su vida. Nos guste o no, esa es la realidad.
Cuando el alcance importa más que el conocimiento
Vivimos en una época en la que el fútbol ha dejado de ser únicamente deporte para convertirse en un fenómeno mediático de grandes dimensiones. Lo que dice un futbolista sobre un tema concreto puede tener más impacto social que lo que diga una persona experta que lleva décadas investigándolo. Y eso debería hacernos reflexionar.
Porque hemos asistido a situaciones preocupantes. Hemos escuchado a personajes públicos cuestionar consensos científicos ampliamente establecidos, difundir ideas pseudocientíficas o lanzar mensajes potencialmente perjudiciales para la salud. Desde el terraplanismo hasta cuestionar el uso de la crema solar. Da igual que la evidencia científica haya demostrado de manera contundente la relación entre la exposición solar sin protección y determinados tipos de cáncer. Da igual que dermatólogos y profesionales sanitarios repitan cada verano las mismas recomendaciones. Si una figura con millones de seguidores decide lanzar un mensaje contrario, ese mensaje tendrá un impacto enorme.
Y aquí surge una pregunta incómoda: ¿quién asume la responsabilidad cuando una persona toma decisiones perjudiciales para su salud influida por alguien a quien admira?
La suerte de encontrarnos con referentes diferentes
Precisamente por eso resulta tan esperanzador encontrar referentes que utilizan su altavoz para algo distinto. Personas que se posicionan en defensa de los derechos humanos, que cuestionan determinadas injusticias o que ayudan a romper estigmas profundamente arraigados. Y aquí aparece la figura de Borja Iglesias, delantero de la selección española.
Borja Iglesias ha hablado abiertamente sobre salud mental en un contexto donde todavía existe una enorme resistencia a mostrar vulnerabilidad. Ha alzado la voz contra la homofobia. Se ha posicionado públicamente contra las casas de apuestas y ha defendido valores que, en ocasiones, le han supuesto recibir críticas e insultos.
Cuando se pintó las uñas, algo tan aparentemente sencillo, desencadenó una oleada de comentarios homófobos. Más tarde, tras la agresión de Luis Rubiales a Jenni Hermoso, fue el único futbolista internacional masculino que renunció públicamente a volver a la selección española mientras la situación no se resolviera. En ese momento recibió la mofa de muchas personas que le dijeron que no tenía el nivel para jugar con la selección, y ahora va a jugar el mundial de fútbol con España, justicia poética.
Lo que los insultos nos dicen sobre la masculinidad
Hay otro aspecto que me parece especialmente interesante desde el punto de vista psicológico. Los insultos que recibió Borja Iglesias por pintarse las uñas no hablan realmente de él. Hablan de nosotros como sociedad. Hablan de las estrechas costuras de una masculinidad tradicional que, en ocasiones, deja muy poco espacio para que los hombres podamos ser nosotros mismos, haciéndonos menos libres.
Porque el machismo y la homofobia no solo perjudican a las mujeres o a las personas LGTBIQ+. También limitan la libertad de muchos hombres. Nos dicen cómo debemos vestirnos, cómo debemos comportarnos, qué emociones podemos expresar y cuáles debemos esconder. Nos enseñan que ser diferente tiene un precio.
Y si todavía resulta difícil para un futbolista profesional pintarse las uñas sin recibir insultos, podemos imaginar lo complicado que debe ser para muchos jóvenes expresar libremente quiénes son o compartir aspectos importantes de su identidad en contextos tan masculinizados como el deporte profesional.
Las gafas con cristales de colores
Últimamente hemos visto como cada vez más futbolistas aparecen con gafas con los cristales tintados de colores. Más allá del debate sobre la evidencia de dichas gafas, nos puede servir como metáfora para cerrar el artículo. Porque todos observamos el mundo a través de unas gafas invisibles construidas por nuestra educación, nuestras experiencias y nuestros valores. Y los referentes contribuyen a colorear esos cristales. Algunos referentes nos enseñan a desconfiar de la ciencia, a burlarnos de quien es diferente o a construir nuestra identidad desde el rechazo. Otros nos ayudan a mirar el mundo con más empatía, más pensamiento crítico y más respeto hacia quienes nos rodean.
Por eso los referentes importan. Porque cuando una persona con millones de seguidores habla, no solo está emitiendo una opinión. Está ayudando a construir la forma en la que muchas personas entienden la realidad.
Y en tiempos donde abundan los mensajes de odio, la desinformación y la polarización, encontrarse con referentes que transmiten humanidad sigue siendo una de las mejores noticias posibles.
Quizás por eso la historia de Borja Iglesias no habla únicamente de fútbol.
Habla de esperanza.
Javier Ibáñez Vidal, psicólogo de PSICARA