Ir al contenido principal
Noelia Ferrer Ber
junio 24, 2026

DESPUÉS DE CALLARTE LA BOCA ¿QUÉ PUEDES DECIR?

Tiempo de lectura: 3 minutos

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología.

La semana pasada, mi compañero Javier Ibáñez nos invitaba a reflexionar sobre algo aparentemente sencillo, pero profundamente importante: dejar de opinar sobre los cuerpos ajenos. Porque nuestros comentarios, incluso cuando creemos que son inofensivos o “bienintencionados”, pueden contribuir al malestar psicológico de quienes nos rodean. No sabemos qué “guerras” está librando esa persona. Es decir, no sabemos cómo nuestros comentarios pueden afectar a otras personas. Simplemente tenemos que observar cómo a nosotros/as nos duelen ciertos comentarios sobre nuestro cuerpo.

Quizás, después de leer el artículo de Javier, muchas personas se hicieron la pregunta de «entonces, ¿qué digo?».

La respuesta es sencilla: habla de la persona, no de su cuerpo.

Pensemos en Laura, de 14 años. Acaba de empezar el instituto y, como muchos adolescentes, está construyendo su identidad. En casa escucha comentarios sobre el peso de familiares, en redes sociales ve cuerpos aparentemente perfectos y, cuando alguien la felicita, casi siempre es por su aspecto físico.

Ahora imaginemos que, además de escuchar un «qué guapa estás» o un “qué delgadita”, también recibe mensajes como: «Me encanta tu sentido del humor», «admiro lo bien que cuidas a tus amigas» o «qué valiente has sido al afrontar esa situación».

Parece un pequeño cambio, pero no lo es. Las palabras que utilizamos ayudan a las personas a entender qué es lo que valoramos de ellas.

Cuando el reconocimiento gira constantemente alrededor del cuerpo, es fácil aprender que nuestra apariencia es lo más importante que tenemos para ofrecer. En cambio, cuando destacamos cualidades, valores, habilidades o esfuerzos, contribuimos a construir una autoestima más sólida y resistente.

Esto no solo afecta a adolescentes. También ocurre en la vida adulta.

A menudo, cuando nos encontramos con alguien después de un tiempo, uno de los primeros comentarios que hacemos es: «¡Qué delgado/a estás!» o «te veo mucho mejor». Lo hacemos con cariño, pero rara vez sabemos qué hay detrás de ese cambio físico. Quizás esa pérdida de peso se deba a una enfermedad, a un periodo de estrés intenso o a un problema emocional.

No necesitamos comentar el cuerpo para demostrar interés.

Podemos preguntar: «¿Cómo estás?», «¿Qué tal te va?», «¿Cómo te encuentras últimamente?». Son preguntas sencillas que abren la puerta a conversaciones mucho más importantes.

No es lo mismo decir:

 Ahora que llega el verano, se nota que te has cuidado o este verano te vas a lucir en la playa

Que decir:

 ¿Qué planes tienes para este verano?

No es lo mismo decir:

¡Qué bien te veo! Has adelgazado mucho.

Que decir:

¡Qué alegría verte! ¿Cómo te va todo?

No es lo mismo decir:

Con esos kilos de menos estás mucho más guapa.

Que decir:

Me encanta la energía que transmites últimamente.

Las palabras no siempre solucionan los problemas, pero sí pueden hacer que una persona se sienta comprendida o, por el contrario, más sola.

Además de dejar de opinar sobre los cuerpos ajenos, podemos empezar a reconocer otros aspectos de las personas: su esfuerzo, su creatividad, su generosidad, su capacidad para superar dificultades o la forma en que cuidan de quienes les rodean.

Porque todos necesitamos sentir que nuestro valor va mucho más allá de la imagen que refleja un espejo.

Y porque, después de callarnos la boca cuando es necesario, podemos utilizar nuestras palabras para construir entornos más seguros, más amables y más humanos.

Noelia Ferrer Ber, psicóloga de PSICARA.