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Yaiza Senar Gutiérrez
septiembre 30, 2026

A LOS TREINTA ¿DÓNDE SE SUPONE QUE HAY QUE ESTAR?

Tiempo de lectura: 3 minutos

Bienvenidas y bienvenidos al Rincón de la Psicología, un espacio donde las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología.

Hay momentos en los que cumplir años parece ser algo más que eso. Últimamente, estoy viendo y encontrándome con personas (en mi contexto y con las que trabajo en consulta) que hacen referencia a la idea de vivir el cumplir años como una presión, como un descuento al marcador para lograr alguno de los hitos vitales que, se supone, debemos “conseguir” al llegar o adentrarnos en determinadas edades.

Durante años se suele compartir un recorrido vital parecido: estudiar más o menos a la vez, empezar a trabajar, salir, viajar, enamorarse, hacer planes… (o no hacer nada de esto, ya me entendéis, me voy a valer de algunas generalizaciones). Pero llega un momento en el que cada quien construye su propio camino y aparecen diferentes realidades: una antigua compañera de clase anuncia que se casa. Alguien del grupo de amigas tiene un bebé. Otra persona compra una casa. Alguien consigue un ascenso, se muda a otra ciudad, emprende, viaja o parece haber encontrado su lugar.

A veces ni siquiera se desea exactamente lo que tienen los demás. Puede que esa persona no quiera casarse, que no tenga claro si quiere hijos o que comprar una casa no forme parte de sus planes. Sin embargo, puede ser el caldo de cultivo perfecto para la aparición de la comparación, en dos sentidos. Por un lado, comparación con la vida de otras personas (o más bien con cómo nos imaginamos, muchas veces en positivo, que están sus áreas vitales), que se convierte en un problema cuando se convierte en una medición constante del valor propio y pudiendo aparecer preguntas del estilo de: “¿es que yo no estoy avanzando?” o “¿cómo puede ser que todo el mundo esté avanzando y yo no?”

Por otro lado, puede aparecer una comparación con la vida que se imaginaba que se tendría a esta edad o una versión imaginada de cómo debería ser. A lo largo de la vida se van aprendiendo ciertas ideas sobre cómo debería desarrollarse la vida adulta. Primero los estudios, después el trabajo, más adelante la independencia, la pareja, la convivencia, tener descendencia… No es un recorrido obligatorio ni todas las personas desean recorrerlo (¡menos mal!), pero existe un cierto guión cultural que funciona como referencia. Y esto es algo innegable si tenemos en cuenta nuestro contexto social (además del de género, el socioeconómico… y así con unos cuantos más). Puede provocar mucho malestar vivir este guión como norma, no como una posibilidad de vida a tener. Por ejemplo, el “me gustaría tener pareja” puede convertirse en “a estas alturas debería tener pareja” o el “me gustaría independizarme” pasa a ser “¿cómo puede ser que todavía viva con mis padres?”. La forma de hablarnos es diferente, y los “deberías” cobran mucho protagonismo, convirtiendo las expectativas en obligaciones, que si no se logran, pueden sentirse como un fracaso personal.

Pero estas expectativas no aparecen en el vacío. Se espera que a esa edad exista una cierta estabilidad, pero las condiciones materiales en las que muchas personas están intentando construir su vida adulta han cambiado respecto a lo que se nos ha vendido o conocemos de tiempos atrás. Resulta difícil comprender determinados malestares psicológicos si se observa únicamente lo individual y se deja fuera el contexto en el que se está viviendo, en el caso de la vivienda aquel que dificulta mucho un acceso digno a la misma. Aunque también podríamos hablar de la estabilidad económica y de la posibilidad de ahorro, pero esto daría para otro artículo, y no sé si tanto del ámbito de la psicología. Quizá uno de los problemas sea precisamente que el calendario social no siempre se ha actualizado al mismo ritmo que las condiciones de vida.

Quizá una parte del sufrimiento que aparece alrededor de los treinta no tenga tanto que ver con cumplir esa edad sino con descubrir que la vida actual no se parece a la vida que habíamos imaginado. Detrás de esa sensación de pérdida puede haber también otra pregunta: ¿realmente queremos aquello que se nos enseñó que debíamos querer? Tal vez la sensación de que llegamos tarde aparezca cuando seguimos intentando cumplir un guión que nunca nos hemos detenido a revisar. Y quizá la adultez no consiste en llegar a un lugar determinado a una edad concreta, sino en decidir qué queremos construir cuando dejamos de dar por hecho que existe un único lugar al que deberíamos llegar. Cumplir años no obliga a nada, quizá también sea una oportunidad para revisar aquello que se nos dijo y preguntarnos qué es lo que queremos. Porque una edad no puede decir por sí sola si una vida está funcionando. Hay muchas formas de construir una vida adulta, y no todas tienen que parecerse entre sí para ser válidas.

Podemos parar a preguntarnos: ¿esto que estoy persiguiendo es realmente mío?, ¿cuál es la vida que quiero construir?.

Yaiza Senar Gutiérrez, psicóloga de PSICARA.