LA CRIANZA Y NUESTRA MOCHILA: LA HISTORIA QUE HEREDAMOS Y LA QUE PODEMOS TRANSFORMAR

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. En esta ocasión, ponemos el foco en un aspecto de la crianza que no tiene tanta voz pero sí presencia, la historia personal de quienes cuidan.
A menudo pensamos en la crianza como un conjunto de herramientas, estrategias o decisiones educativas. Qué hacer ante una rabieta, cómo poner límites o cómo fomentar la autonomía, entre muchas otras. Sin embargo, hay algo que influye tanto o más que todo eso y que rara vez se nombra: no criamos desde cero, criamos desde la mochila que empezamos a llenar mucho antes de ser madres o padres, criamos atravesados por lo que vivimos, con experiencias que, aunque no siempre recordemos, siguen presentes en cómo sentimos y respondemos.
Cada persona llega a la maternidad o paternidad con una mochila emocional construida a lo largo de su propia vida (en especial, su infancia). En ella hay experiencias de cuidado pero también ausencias, aprendizajes implícitos, formas determinadas de vincularse así como de entender las emociones. No se trata de recordar cada detalle de lo vivido, sino de empezar a preguntarnos qué parte de esa historia sigue presente hoy. ¿Te has parado alguna vez a mirar, entre todo ello, qué losas llevas en tu mochila y están perjudicando el camino?
Desde la Psicología del desarrollo y la mirada informada en trauma sabemos que muchas de nuestras respuestas no son del todo conscientes. En momentos de estrés, cansancio o desborde, es más probable que aparezcan reacciones automáticas, respuestas que no siempre tienen que ver con lo que está ocurriendo en el presente sino con cómo aprendimos a sobrevivir emocionalmente en el pasado.
La intención no es generar culpa, sino todo lo contrario, abrir un espacio de comprensión. Cuando entendemos que muchas de nuestras reacciones tienen una historia, dejamos de interpretarlas como fallos personales y empezamos a verlas como señales. Señales de partes internas que, en algún momento, también necesitaron ser vistas, comprendidas y acompañadas.
La crianza, en este sentido, puede convertirse en una oportunidad. No porque sea fácil sino porque pone luz en lugares que quizás habían permanecido en sombra. Nos confronta con nuestros límites, con nuestras heridas y con nuestras formas de vincularnos. Al mismo tiempo, nos ofrece un regalo tremendamente valioso, la posibilidad de hacer algo diferente.
Romper la cadena no significa hacerlo perfecto ni borrar lo vivido, en absoluto. Significa poder detenerse, aunque sea por un instante, en medio de la reacción automática. Significa introducir una pequeña pausa entre lo que sentimos y lo que hacemos. Y, desde ahí, elegir. Elegir no repetir una respuesta que sabemos que duele. Elegir reparar cuando nos equivocamos. Elegir pedir ayuda cuando lo necesitamos. En definitiva, elegir relacionarnos de una manera más consciente y sana, tanto con nuestros hijos como con nosotros mismos.
No es un camino fácil. Requiere, como la mayoría de cosas que merecen la pena, un esfuerzo y trabajo interno. Las respuestas automáticas son rápidas y están profundamente arraigadas. Pero también sabemos que el cambio no es un hecho repentino, sino un proceso construido paso a paso. Cada vez que logramos sostener una emoción sin desbordarnos, poner palabras en lugar de gritos o reparar después de un conflicto, estamos introduciendo una diferencia significativa. Y esa diferencia no solo impacta en el vínculo actual, sino también en el legado que dejamos para la siguiente generación. Porque, aunque heredamos una historia, no estamos condenados a repetirla de forma exacta y con los ojos cerrados. Existe un margen, un espacio de transformación, donde lo heredado puede ser revisado y resignificado.
Criar también es, en muchos sentidos, mirarse hacia dentro. No para juzgarse, sino para comprenderse. No para exigirse perfección, sino para abrir la puerta al cambio posible. Porque en ese proceso, imperfecto pero consciente, es donde se construyen vínculos más seguros y experiencias emocionales distintas a las que, quizás, un día recibimos.
No elegimos la historia en la que crecimos, pero sí podemos elegir qué hacer con ella, y tenemos la responsabilidad de ello. Y en ese espacio, entre lo heredado y lo consciente, es donde empieza una crianza diferente.
Beatriz Gonzalvo Iranzo, psicóloga de PSICARA