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EL YO RECHAZADO ¿QUÉ ME IMPIDE VER LA REALIDAD?

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. En esta ocasión, hablaremos sobre un aspecto que suele aparecer en los trastornos alimentarios que se llama “el yo rechazado”.


Mónica, al igual que otras personas que presentan un trastorno alimentario, vive obsesionada con su cuerpo y con todo lo que tiene que ver con él:


Todas las mañanas al levantarme voy directa al espejo, me levanto la camiseta, me bajo los pantalones hasta las rodillas y empiezo a mirar mi vientre y mis caderas. Mientras estoy realizando mi ritual de comprobación, empiezo a sentir malestar intenso, siento como la rabia y la frustración poco a poco se van apoderando de mi ¿cómo puede ser que mi cuerpo siempre esté igual o peor? Me digo a mí misma una y otra vez. Tras comprobar mi cuerpo, me preparo y me voy a trabajar.

Cuando acabo mi jornada laboral me voy directa al gimnasio a hacer mi rutina de abdomen y piernas, “a ver si consigo ver algún resultado” me digo a mí misma mientras entro por la puerta del vestuario.

En cuanto llego a casa, y antes de entrar en la ducha, me miro de nuevo al espejo para comprobar si hay algún cambio en mí, pero no consigo ver resultados “si es que siempre vas a estar así de gorda” me digo mientras entro en la ducha.


Si preguntáramos a una persona ajena a Mónica cómo es el físico de esta, es muy probable que nos dijera que es una mujer muy delgada y que probablemente se encuentre en infrapeso. Esta persona no se aleja mucho de la realidad, pues objetivamente se encuentra por debajo del peso que cabría esperar para su edad y altura. Llegados a este punto, es muy probable que os estéis preguntando… Entonces, ¿qué es lo que está ocurriendo aquí?

Mónica lleva varios meses yendo a una psicóloga porque no se siente bien consigo misma.


Durante todos estos meses, nunca ha querido hablar de su adolescencia, siempre intenta cambiar de tema, hasta que un día en sesión empezó a abrirse con su terapeuta, y entre lágrimas empezó a compartir todo aquello que le había hecho tanto daño:


Cuando entré en el instituto yo tenía sobrepeso, nunca nadie me había dicho nada de mi físico, ni a mí misma me había importado mi cuerpo, hasta que un día mis compañeros empezaron a meterse con él. Solían utilizar frases descalificativas hacia mí misma y hacía mi cuerpo. Los peores momentos que recuerdo son los recreos y los cambios de asignatura, pues es cuando mis compañeros más se mofaban de mí, me pegaban e insultaban. Algunos de los comentarios que más escuchaba eran “eres una bola de grasa”, “la morsa Mónica” y “¡Apartaros, que viene Mónica y os aplastará!”. No solamente recibía insultos y me pegaban, sino que también tendían a dejarme de lado, no tenía amigos, los recreos me los pasaba sola y siempre me elegían la última en las actividades de educación física.

Cada vez que empiezo a recordar todas estas cosas, no puedo evitar sentirme mal, siento mucho rechazo y dolor. Solamente pienso que ojalá nadie tuviera que vivir este tipo de situaciones.


No podemos negar que la adolescencia fue una etapa complicada para Mónica, pues no tiene que ser fácil lidiar con este tipo de situaciones. Todas las vivencias que ocurren a lo largo de nuestra vida acaban dejando una huella en nuestro interior, y esta no iba a ser menos. Es inevitable sentir rechazo hacia ese “yo adolescente” que tanto sufrió, pues vivir situaciones complicadas siempre resulta difícil de digerir. Es muy probable que si tú hubieses vivido la misma situación que le tocó vivir a ella, también sintieras ese rechazo y ese dolor, y que no quisieras volver a ser esa persona que un día fuiste, pues serlo implica indirectamente volver a revivir todas aquellas situaciones dolorosas.


Todas estas vivencias de las que hablamos formarían el “yo rechazado” de Mónica, es decir, todo aquello que un día fue y no quiere volver a ser. Para ella tener sobrepeso tiene una connotación negativa, pues no es solamente una característica física, sino que, debido a su propia experiencia, asocia una serie de consecuencias negativas a este hecho (rechazo, desprecio, burlas, etc.).


Esta asociación que realiza su cerebro, sumado al rechazo que siente hacía esa etapa de su vida, ha hecho que se genere en ella un mecanismo de protección, pues su mente intenta crear una coraza alrededor para así aislarla y evitar un sufrimiento similar al vivido con anterioridad. Esta protección la lleva consigo diariamente, pues solo de esta forma cree o piensa que puede evitar que esto vuelva a ocurrir. Dicha protección se representa en forma de distorsión de la imagen corporal.


Cuando Mónica se mira en el espejo, solamente es capaz de ver su vientre y sus piernas grandes – seguramente muy similares a como eran durante su adolescencia – y muy distantes a cómo son en la realidad, pues si recordamos, Mónica posee un peso por debajo de lo que correspondería para su edad y altura. Como hemos mencionado, la distorsión en la imagen corporal aparece como escudo, es decir, es una defensa disociativa que utiliza ese “yo rechazado” para defenderse y evitar que la persona vuelva a convertirse en aquello que fue en un pasado. De este modo, manteniéndole presente en su mente cómo era, y haciéndole sentir todas aquellas emociones que sentía en su día, es el modo en el que se asegura nuestro cerebro que la persona no quiera volver a ese punto.


Ese “yo rechazado” y la distorsión en la imagen corporal, es un intento de protegerla y evitar que vuelva a sufrir, pero lo único que consiguen es aumentar su sufrimiento a diario, pues la persona no solamente se siente mal por todo lo vivido, sino que sigue pensando que en la actualidad sigue anclada en ese punto, impidiéndole observar que todo aquello ya ha pasado y siendo su realidad muy diferente a lo que ella realmente cree.



Miriam Pitarch Rambla, psicóloga de PSICARA

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