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UNA CUESTIÓN DE CELOS

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. En esta ocasión hablaremos sobre los famosos celos, ¿qué oculta este conjunto de emociones tan dispares y casi siempre intensas?


Antes de averiguar qué es lo que ocultan, decir que lo que está claro es que los celos nos generan malestar, y es por ello que hacemos todo lo que está en nuestras manos para no sentirlos. Esto hace que la mayoría de nosotros demos más poder a los celos del que realmente merecen, pensando que son destructivos.


Empecemos preguntándonos, ¿qué son exactamente los celos? Los celos son como una palabra comodín que engloba a una amplia diversidad de emociones que podemos sentir en diferentes situaciones, como por ejemplo cuando nuestra pareja siente atracción física por otra persona, Aunque puede que este sea uno de los contextos más comunes, existen muchos más. En algún momento de nuestra vida hemos podido sentir celos del trabajo que mantiene lejos a nuestra pareja o de la decisión por parte de la otra persona de dedicar más tiempo a su hobby o a juguetear con su móvil en lugar de estar jugueteando con nosotros. Es decir, pueden darse una infinidad de situaciones en las que pueden surgir este conjunto de emociones, y todos, en algún momento, los hemos podido experimentar. De hecho, los celos no solo se sienten hacia una pareja, sino también nos sentimos celosos de amigos,

hermanos, familiares o hasta de gente que ni conocemos, ¿estás de acuerdo?


Algunas personas pueden llegar a pensar que, por ejemplo, “marcar el territorio sexual” con su pareja es parte de la naturaleza humana y la evolución social, pero realmente esta creencia solo intenta justificar el hecho de perder los papeles y de dejar de ser racional, responsable y ético, pero… ¿lo justifica? No. Bajo la tormenta de sensaciones que desprenden los celos permitimos que nuestro cerebro se ponga “en OFF” con la excusa de que “sale nuestro instinto primitivo”. Realmente da igual cual sea el origen de este comportamiento, lo único verdaderamente importante es que no es justificable y este se puede cambiar.


Los celos, en ciertas ocasiones, pueden darse como una expresión de nuestra inseguridad, de un miedo al rechazo, al abandono, de sentir que nos dejan de lado, de pensar que no somos suficientemente buenos o de que sencillamente nos encontramos mal. Tal vez no sean siempre los celos los que hacen ruido en nuestra cabeza, y sea la territorialidad, la competitividad, la baja autoestima o alguna otra emoción la que grita para ser oída entre tanto pensamiento intrusivo.


Todo esto, en algunos casos, puede venir acompañado de una furia ciega que no nos permite ver más allá de lo que sentimos y, por tanto, nos dificulta la tarea de darnos cuenta de lo que ocurre. Y entonces, ¿qué ocurre? A menudo los celos son la máscara que utiliza ese conflicto que ha estado pidiendo a gritos ser resuelto y que nosotros, todavía, ni siquiera conocemos. Vale, y ¿por qué aún no sabemos de su existencia? Porque hemos focalizado todos nuestros esfuerzos en intentar no sentir esos celos que tanto dolor traen cuando aparecen por el horizonte.


En muchas circunstancias, lo que hacemos para no sentir esos celos que nos ahogan es proyectar en la otra persona. Proyectar es una defensa psicológica con la que intentamos “sacarnos de encima” esos sentimientos dolorosos proyectando nuestra película emocional en la otra persona. Tal vez podríamos definir los celos como “la experiencia de proyectar sentimientos incómodos propios en otra persona”. Lo que es seguro es que en estos casos no podemos gestionar adecuadamente los celos haciendo sentir a nuestra pareja, amigo o hermana que está equivocada, y por supuesto endosar nuestros sentimientos a estas es un callejón sin salida. La única persona que puede hacer que esas emociones duelan menos eres tú.


Si te has visto reflejado en algún punto de este artículo he de decirte que hay una parte de ti lo suficientemente fuerte para ser consciente de la emoción que ocultan los celos y eso te pone en una posición perfecta para sanarte un poco. Te animo a que uses tus celos como señalización: “¡Aquí hay algo que no encaja porque estoy sintiendo un gran malestar!”. Cuando ya “los tengas encima”, repasa los detalles de cómo funcionan los celos en ti: ¿qué es lo que más te preocupa?


Pongamos un ejemplo respecto a las relaciones de amistad. Una de las amigas más íntimas de Laura siempre invita a jugar al tenis a Cris, otra amiga que tienen en común. Cuando suben un selfie en la pista de tenis a Instagram, a Laura “le entran los cinco males” según nos cuenta. Ante esto empieza a criticar con otra amiga ajena al conflicto la falda que lleva puesta Cris para jugar, y con esto Laura consigue liberarse un poco de ese malestar que le provocan los celos. Si Laura estableciera como una alarma el hecho de que “le entren los cinco males”, se pararía a pensar qué está pasando, llegando a la conclusión de que lo que siente no son celos en sí, sino envidia de la situación, y que esta envidia podría solucionarse proponiendo de forma asertiva a su íntima amiga jugar al tenis o hacer un partido de dobles con ellas y otra persona más.


Cuando te niegas a admitir tus celos, te quitas también la oportunidad de tener autocompasión, de darte apoyo y de cuidarte. Lo que haces es ponerte en una situación dura y complicada, llena de trampas. Los arranques que se producen por negar la entrada de las emociones a tu consciencia te llevarán a hacer cosas que ni tú mismo o misma comprendes.


Vivenciar sentimientos dolorosos no se trata de una cuestión moral, es decir, no está “mal” sentir lo que sientes, ni querer lo que quieres. Si hay algo que puede estar mal son las acciones que realizamos. Las emociones en ningún caso son equivocadas, tan solo son la expresión de una de nuestras “verdades emocionales”, y no necesitan ser justificadas, tan solo ser sentidas y acogidas.


Si te esfuerzas en no evitar tus celos para sentirlos y escucharlos podrás llegar a curar viejas heridas, abrirte a nuevas posibilidades, ganar en salud y liberarte de miedos. Eso sí, gestionar de manera diferente la forma en la que experimentas un sentimiento, dando una respuesta más adecuada, requiere su tiempo y, por lo tanto, será un proceso gradual en el que aprenderás sobre la marcha, a base de prueba y error: ¡paciencia!


Para llegar a ese cambio, antes debes darte permiso para aprender. El objetivo será crear en tu interior unos cimientos sólidos de seguridad interna. Si aprendes a valorarte, el esfuerzo por sentir los celos disminuirá, y la tarea será mucho más sencilla. El día que asumas el compromiso de negarte a actuar por celos, te vuelves libre para empezar a minimizar el poder que les habías otorgado.



Carla Barros Sánchez



Bibliografía:

Easton, D. y Hardy, J. W. (2013). ÉTICA PROMISCUA, Madrid, España: Melusina.

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