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Miriam Pitarch
octubre 14, 2026

LAS REDES QUE NOS SOSTIENEN: CUANDO LA VIDA DUELE

Tiempo de lectura: 3 minutos

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles, las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. En esta ocasión hablaremos de la red de apoyo y la función que tiene cuando atravesamos momentos complicados.

Aurora, como cada mañana, se estaba preparando para ir al trabajo a la par que mentalmente organizaba y planificaba su día. De repente su teléfono empezó a sonar y, su expresión facial cambió, parece ser que esa llamada no traía consigo buenas noticias, y su vida iba a frenar sin previo aviso.

Solemos dar por hecho que nuestra vida va a seguir tal y como la planificamos, pero la realidad es que puede cambiar de un momento a otro. Una pérdida, una ruptura, un despido laboral, una enfermedad, etc. existen un sinfín de situaciones que pueden hacer que parte de ella cambie, sin poder planificarnos ni prepararnos para ello, haciéndonos sentir que, aquello que parecía estable, deja de serlo.

Cuando este hecho ocurre, sentimos que nuestro mundo se destruye ¿por qué a mí? ¿cómo voy a superar esto? Tendemos a buscar respuesta dentro de nosotros: necesitamos ser “fuertes”, gestionar muchas emociones que se activan, aceptar (aunque a veces no queramos) esto que ha ocurrido, etc. Y aunque el proceso a nivel individual e interno es importante, a veces olvidamos que el entorno que nos rodea y acompaña también lo es.

Es cierto que el entorno, en muchas ocasiones, no va a poder solucionar el problema que tenemos y, de hecho, quizás tampoco queremos que lo haga. Sin embargo, a veces la función que cumple consiste en acompañar, para no sentirnos solos mientras atravesamos esto que nos está ocurriendo.

Imagina que paseando por el bosque caes a un pozo, no has elegido caer en él, simplemente ha ocurrido. Te encuentras en un lugar oscuro, profundo y desconocido del cual intentas salir por tus propios medios, pero cada vez que intentas subir, vuelves a caer.

Mientras estás en él una persona se acerca y, en lugar de forzarte a salir, simplemente se queda ahí arriba, acompañándote. A veces te lanza una cuerda, otras una escalera, y otras permanece ahí sentado, hablándote mientras recuperas fuerzas.

Hay días en los que quizás avances, y hay días en los que vuelvas al mismo punto de partida, pues en todo esto hay un aprendizaje “no tengo porqué salir del pozo ahora” quizás todavía no estoy preparado para hacerlo, o simplemente no quiero enfrentarme a ese nuevo mundo.

Si bien es cierto que junto a esa persona el dolor no desaparece mágicamente, pues el pozo sigue siendo el mismo, la diferencia es que ya no te sientes solo dentro de él. Sentir que alguien permanece ahí, a tu lado, aunque sea desde fuera, puede cambiar la manera en la que experimentas dicha situación.

Como muy bien explica la metáfora, la ayuda que necesitamos no siempre se basa en dar consejos, encontrar soluciones, o eliminar el dolor. Muchas veces lo que uno necesita es sentir que tiene un lugar seguro al que acudir, ese lugar en el que se puede permitir llorar, romperse, hablar de otras cosas, e incluso reír. Ese lugar en el que los problemas parecen disiparse o pesar un poquito menos.

Ser un lugar seguro consiste en escuchar sin intentar arreglarlo todo, en permitir que llore sin buscar eliminar el llanto, en preguntar ¿qué necesitas? O ¿hay algo que pueda hacer por ti?, en sentarnos a su lado sin buscar decir unas palabras mágicas que vayan a sanarlo.

Cuando ocurre algo doloroso, una de las partes más complicadas puede ser sentirse incomprendido y que nadie llega a conocer realmente el sufrimiento que hay dentro. Recibir apoyo emocional, sentirnos validados y vistos “no tienes que estar bien todo el tiempo”, “tiene que ser muy doloroso esto que me cuentas”permiten que el problema pueda pesar un poco menos.

No podemos controlar los acontecimientos que nos ocurren, ni cuánto tiempo necesitaremos para recuperarnos. Pero si podemos empezar a prestar atención a quién está a nuestro lado mientras atravesamos dichos procesos, qué espacios estamos construyendo para nosotros mismos, y dónde se encuentra nuestro lugar seguro.

Cuando todo pase y mires atrás, quizás descubras algo: fuiste tú quien hiciste el camino, pero tuviste manos que sostuvieron la cuerda, voces que te acompañaron, personas que esperaron, sin exigirte, a que estuvieras preparado para salir. Recuerda que no podemos evitar caer en determinados pozos, pero podemos procurar tener a ese lugar seguro para que, cuando ocurra, haya alguien al otro lado dispuesto a acercarse al borde y decirnos “estoy aquí, no tienes que salir solo”.

Miriam Pitarch Rambla

Psicóloga del centro PSICARA