EL PERSONAJE QUE APRENDIMOS A SER: CUANDO LA ADAPTACIÓN SE CONVIERTE EN IDENTIDAD

Bienvenidos y bienvenidas al Rincón de la Psicología, un espacio donde todos los miércoles las psicólogas y psicólogos de PSICARA abordamos temas y curiosidades relacionadas con la Psicología. Esta semana abrimos la puerta a la reflexión sobre un concepto sumamente comentado pero poco cuestionado: la identidad. Eso que creemos ser y que, además, solemos describir de forma contundente como “yo siempre he sido así”.
Algunas personas crecen siendo “las fuertes”. Otras se convierten en “las responsables”. Algunas son “las que cuidan de todo el mundo”. Otras, “las independientes”, “las perfeccionistas” o “las que nunca dan problemas”. Son características valoradas socialmente que, en muchas ocasiones, terminan convirtiéndose en una parte central de quién creemos ser.
Pero, ¿qué ocurre cuando ya no podemos sostener ese personaje? ¿Qué pasa cuando la fuerte necesita ayuda, cuando la independiente desea apoyo o cuando quien siempre pudo con todo se siente agotada?
La identidad nos ayuda a dar sentido a nuestra experiencia y a encontrar un lugar en el mundo. Sin embargo, a veces aquello que comenzó como una adaptación termina convirtiéndose en una prisión. Dejamos de preguntarnos quiénes somos para preocuparnos por seguir siendo quienes hemos aprendido que debemos ser.
Desde la Psicología del desarrollo sabemos que los seres humanos construimos nuestra identidad en relación con otros. Aprendemos quiénes somos a través de las experiencias que vivimos y de los mensajes, explícitos e implícitos, que recibimos de nuestro entorno. En ocasiones, ciertas características son especialmente reconocidas y reforzadas. El niño que no protesta es descrito como maduro. La niña que cuida de todos es considerada ejemplar. Quien no expresa necesidades es visto como fuerte.
Poco a poco, estas conductas pueden transformarse en estrategias de supervivencia relacional. No porque la criatura las elija conscientemente, sino porque descubre que determinadas formas de ser facilitan la conexión, reducen el conflicto o aumentan las posibilidades de recibir aceptación.
Desde una mirada informada en trauma, entendemos que muchas respuestas que en la adultez parecen rasgos de personalidad fueron, en realidad, adaptaciones necesarias. El trauma no siempre se origina en acontecimientos extremos y puntuales. Ante contextos de inseguridad, imprevisibilidad o carencia emocional, el ser humano (extraordinariamente adaptativo) desarrolla estrategias que aumentan las probabilidades de mantener el vínculo y preservar la sensación de seguridad. El problema es que aquello que un día fue una solución puede terminar convirtiéndose en una limitación.
En esos contextos, el organismo aprende. Aprende qué emociones mostrar, cuáles esconder y qué papel desempeñar para sentirse seguro. Con el tiempo, esa adaptación deja de percibirse como una estrategia y pasa a confundirse con la identidad.
El problema aparece cuando la vida exige flexibilidad, porque ninguna persona puede ser siempre fuerte, eficiente o generosa. Todos necesitamos depender, equivocarnos, descansar, pedir ayuda y reconocer nuestros límites. Sin embargo, cuando hemos construido nuestra identidad alrededor de un único personaje, cualquier intento de salir de él puede generar culpa, miedo, rumiación mental excesiva o una profunda sensación de pérdida.
Muchas veces, el sufrimiento no surge porque estemos cambiando, sino porque sentimos que estamos traicionando a quien creíamos que debíamos ser.
Crecer psicológicamente implica algo más que conocerse. Implica también permitirnos revisar aquellas identidades que una vez nos protegieron, pero que hoy pueden limitarnos. No para rechazarlas, sino para agradecer la función que tuvieron y ampliar nuestro repertorio. Porque la verdadera libertad no consiste en encontrar una única versión de nosotros mismos, sino en poder habitar muchas.
Quizás la pregunta no sea quién eres, sino cuánto espacio tienes para ser diferente según lo que necesites en cada momento. Porque a veces la fortaleza no está en sostener el personaje, sino en atreverse a salir de él.
«El trauma no es lo que nos ocurrió; es lo que ocurrió dentro de nosotros como resultado de lo que nos ocurrió.»
Gabor Maté
Beatriz Gonzalvo Iranzo, psicóloga de PSICARA